sábado, 4 de julio de 2009

Entrevista a Fidel Castro

La noche del 6 de febrero de 1864, Norberto Fuentes entrevistó a Fidel Castro en el Palacio de la Revolución, en La Habana. Uno de los temas que tocaron, fue la visión de Castro sobre Hemingway y su obra:

“(…)FC: Sí, la corriente del Golfo moviéndose como él la describe, eterna y poderosa… Yo también conozco ese paisaje silencioso que se desplaza inexorablemente frente a las costas de la isla. Lo conozco y lo admiro. Creo comprender los sentimientos de Hemingway cuando navegaba sobre esas aguas…

(…) FC: Te voy a decir algo. Es precisamente esa una de las cosas por las que Hemingway ha estado presente entre nosotros en estos años. Ha estado presente porque realmente su obra no habla de hombres hechos con materiales tan duros que se hayan deshumanizado. El héroe de Hemingway nunca tuvo nada que ver con la perfección fascista. Y este pudo haber sido uno de los puntos de vista erróneos de sus críticos. Y la confusión se establece por la voluntad férrea que los personajes de Hemingway son capaces de desplegar. El hombre puede enfrentar el medio adverso, debe hacerlo incluso. El final no estará escrito, el triunfo no se obtendrá siempre. Pero lo imperativo es buscarlo, luchar por él. Y este es el mensaje de Hemingway que hemos tenido presente aquí, en Cuba, en medio de una revolución. De verdad que Hemingway nos ha acompañado en momentos cruciales y muy difíciles por los que hemos atravesado. Nosotros también hemos sido vulnerables y hemos estado expuestos durante décadas a la destrucción. Pero los lemas revolucionarios han sido recurrentes y firmes: “convertir el revés en victoria”, “podrán destruirnos mil veces pero nunca vencernos”. Esas han sido consignas sobre fondo rojo en mítines y desfiles, y han sido gritos de combate en los últimos 20 años de la historia cubana. Hemingway tenía toda la razón: Un hombre puede ser destruido, pero jamás vencido. No fue otro el mensaje que captamos. No ha sido otro el reclamo de los hombres que han luchado en todas las épocas y de su literatura”

Tomado de Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes, Editorial Letras Cubanas

Publicado el 18 de noviembre de 2006
El premio Nobel

En 1954 Ernest Hemingway recibió el premio Nobel de literatura. Su gran amigo, Fernando G. Campoamor decidió hacerle un homenaje en los jardines de la Cervecería Modelo, en el Cotorro. El acto comenzó con el himno nacional cubano, y luego tríos típicos interpretaron un cah cha chá llamado Viva Hemingway. A última hora llegaron sus amigos, los pescadores de Cojimar, quienes en gran medida, están reflejados en sus obras, sobretodo en El viejo y el mar.

Uno de los números más emocionantes de la reunión fue cantado por Amelita Frade, con el ritmo y música de La guantanamera:

El Premio Nobel pescó
porque es un tigre escribiendo
cuando escribe estamos viendo
los momentos que él vio.

Ante su estampa tembló
la pantera de Zambeze
su libro decir parece
que el viejo fue Hemingway
pero que el mar es de Hatuey
¡porque él se la merece!

Le gusta sentir bravio
el viento sobre El Pilar
y de noche conversar
con la selva y con el río.

Le gusta este suelo mío
y nuestro mal antillano
le gusta estrechar la mano
de los humildes de aquí
y le gusta el daiquiri
sano, sabroso y cubano.

Tomado de Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes, Ciudad de La Habana, Cuba, Editorial Letras Cubanas, 1984.

Publicado el 12 de noviembre de 2006


El viejo y el mar

En 1957 Hemingway publicó su obra más elogiada: El viejo y el mar, que es simultáneamente, su tercera obra ambientada en Cuba.

De ella es mejor no hablar demasiado, porque no hay sentimiento más agradable que leerla, y leerla de nuevo años después, porque en su sencillez despliega las verdades del entorno humano, y sobretodo, la paciencia que requiere el arte de pescar. Es en esta obra que Hemingway demuestra, más que en cualquier otra, el porqué de su hechizo ante la pesca, el mar, y ante la isla de Cuba.

La historia de Santiago, es conocida por muchos. Pero tal vez, la parte más significativa es el momento en que el protagonista enuncia:

—Pero el hombre no está hecho para la derrota —dijo —. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Publicado en noviembre de 2006
Crónicas de Cuba

En el año 1949 Hemingway publica, tal vez, una de las crónicas en donde se rastrea de forma explítia y tangible el por qué de su estancia en la isla de Cuba. La crónica se titula El "Gran Río Azul" y fue publicada en la revista Holiday en julio de ese año.

El "Gran Río Azul"

Muchos le preguntan a uno por qué vive en Cuba; les contesta simplemente que le agrada vivir allí. Es difícil explicar el acariciador fresco que en los días más calurosos de estío hace en las colinas que rodena a La Habana. No es necesario explicar que la posibilidad de criar gallos de pelea, adiestrarlos y participar en competiciones dondequiera que se organicen, por tratarse de un asunto lícito, es una de las razones de vivir en aquella isla.

Acaso no les guste la pelea de gallos.

Tampoco tiene uno por qué referir los extraordinarios y hermosos gallos ingleses que se crían en la granja ni las aves de paso ni la codorniz que muy temprano va a beber agua en la ondulada superficie líquida de la alberca, ni las distintas especies de lagartijas que viven y casan en el emparrado al extremo de la piscina, ni las dieciocho clases de mango que crecen en largo recuesto que se extie
nde hasta la casa. No debe uno hablar de nuestro equipo de fútbol, donde todo aquel que pasa de los cuarenta puede tener a su disposición un muchacho que corra por él y, así, participar en el juego sin la necesidad de sudar a mares, ni de que esos muchachos son muy ágiles y habilidosos para este juego.

Tampoco se debe hablar del club de tiro junto a la carretera, donde suele uno apostar considerables cantidades de dinero en el tiro de pichón con Winston Guest, Tommy Shevlin, Thorward Sánchez y Pichón Aguilera, y donde solía competir con los Brookyn Dodgeres cuando tenían buenos tiradores, como Curt Davis, Billy Herman, Augie Galán y Hugo Casey. Quizá censuren este deporte y tal vez tengan razón. La rein
a Victoria lo prohibió en Inglaterra. Indudablemente es un deporte poco espectacular; pero cuando se trata de aves fuertes y veloces, es el mejor que uno ha practicado para competir y postar dinero, lo cual está permitido en Cuba.

Se les puede contestar que uno vive en esta isla porque para ir a la ciudad
no hace falta más que ponerse los zapatos, porque se puede tapar con papel el timbre del teléfono para eludir la contestación a la llamada y porque, con el fresco de la mañana, se trabaja mejor y con más comodidad que en cualquier otro sitio. Pero esto es un secreto profesional.



Hay muchas más cosas que uno no debe explicar; pero si le hablan de la pesca del salmón en el río Restigouche y de lo que cuesta pescarlo allí, entonces explica uno que la principal razón de vivir en Cuba es el “Gran Río Azul”, de tres cuartos a una milla de profundidad y de sesenta a ochenta millas de ancho; desde la puerta de la casa, y a través de un hermoso paisaje, se tardan cuarenta y cinco minutos en ir allí, donde hay la mejor y más abundante pesca que uno ha visto en su vida.

La corriente del Golfo es de color azul oscuro y se forman remolinos a l
o largo de sus orillas cuando se mueve favorablemente. En verano, practicamos la pesca en una lancha pesquera de cuarenta pies de largo y con un puente volante dotado de una cabeza regulable y de soportes suficientemente recios para resistir el balanceo de las cuatro cañas de pescar con diez libras de carnada en el anzuelo de cada una de ellas.

Unas veces dejamos el Pilar en el puerto de La Habana, y otras en Cojimar, pueblo de pescadores que dista siete millas de la capital y tiene un puerto seguro en verano e insegur
o en invierno, cuando soplan la nortada o el cauro.

El Pilar fue construido para pescar en mar gruesa, tiene una radio de acción de quinientas millas y puede llevar siete personas a bordo. Sus depósitos tienen espacio para contener trescientos galones de gasolina y ciento cincuenta de agua potable. En su popel puede llevar un centenar de galones de combustible más en bidones, otro tanto de agua en damajuanas y dos mil cuatrocientas libras de hielo si el viaje es largo.


Hemingway en el Pilar


La Wheeler Shipyard, de Nueva York, construyó el casco y lo acondicionó a nuestras necesidades; hemos hecho muchas reformas en ella desde entonces. Es una embarcación sólida y gobernable en cualquier estado de la mar; tiene la popa baja y con un cilindro de madera grueso para izar las piezas grandes a bordo. Su puente volante es tan sólido, que desde él se puede bregar con un pez grande.
(…)

Fragmento tomado de Obras selectas de Ernest Hemingway, Barcelona, PLaneta, 1969. Pg 1504- 1506

Publicado en noviembre de 2006

"Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba"

En una carta escrita a Earl Wilson, en 1952 Hemingway escribió:

Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba… Me mudé de Key West para acá en 1938 y alquilé esta finca y la compré finalmente cuando se publicó Por quién doblan las campanas… Es un buen lugar para trabajar porque está fuera de la ciudad y enclavado en una colina… Me levanto temprano cuando sale el sol y me pongo a trabajar y cuando termino me voy a nadar y tomo un trago y leo los periódicos de Nueva York y Miami. Después del trabajo uno puede irse a pescar o a practicar tiro de pichones y por las tardes Mary y yo leemos y oímos música y nos vamos a la cama. Algunas veces vamos a la ciudad o a un concierto. Algunas veces vamos a una pelea o a ver una película y luego vamosal Floridita. En el invierno podemos ir al jai alai.


A Mary le gusta la jardinería y tiene un huerto de rosas. Perdí cinco años de mi vida durante la guerra y ahora estoy tratando de recuperarlos. Yo no puedo trabajar y vivir en Nueva York porque nunca aprendí a hacerlo… Pero este otoño cuando salga El viejo y el mar tú verás parte del resultado del trabajo de los últimos cinco años.

Tomado de Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba, 1984.

Publicado en noviembre de 2006
Islas en el golfo

La segunda novela de Hemingway que se inspira en escenarios cubanos es Islas en el golfo. Hemingway inició su borrador en 1945. Sin embargo, nunca la terminó. El escritor norteamericano le había dado el nombre de The Sea Book. Después de su muerte su esposa Mary Welsh y los editores de Scribner's decidiron publicar el texto con el nombre de Islands in the Stream. El libro se desarrolla en dos esenarios básicos: islas Bimini y en La Habana. En este último se describen minuciosamente dos de los puntos claves de la vida de Hemingway en Cuba: el Floridita (un bar famoso por las visitas del escritor) y Finca Vigía (su casa en territorio cubano).

En esta segunda obra ambientada en Cuba, Hemingway explora más los sitios que frecuentaba y el por qué de su estancia en la isla. Islas en el Golfo es su obra más autobiográfica, por eso no sorprende cuando se afirma que para Thomas Hudson, el protagonista "La casa era a la vez una casa y un barco para él".

A su vez, se describe el entorno, que quedó grabado en la memoria del escritor. En estas narraciones implícitamente se demuestra la fascinación del norteamericano por ese ambiente, tan ajeno y distante del caótico Estados Unidos, y de alguna forma demuestra el porqué de la estadía del escritor allí:

A Thomas Hudson le agradaba ver cómo volaban los mirlos por encima de los montes y ver cómo salían los primeros murciélagos al anochecer y a las pequeñas lechuzas emprendiendo su excursión nocturna, cuando el sol se hundía por el mar, más allá de La Habana y sobre las colinas empezaban a encenderse las luces

Por otro lado, el escritor describe el daiquirí, la bebida a base de ron cubano que quedó inmortalizada en la obra y que hizo famoso al bar Floridita que el escritor frecuentaba. De hecho, hoy en día existe la bebida "Daiquirí especial" (también denominada "Papa Doble") invento de Hemingway en una de sus visitas al bar. Dicha bebida se caracteriza por la doble ración de ron al daiquirí, así como por no tener azúcar:

Había bebido dos daiquiris dobles muy helados, de aquellos grandiosos daiquiris que preparaba Constant que no sabían a alcohol y daban la misma sensación al beberlos que la que produce esquiar esquiar ladera abajo por un glaciar cubierto de nieve en polvo y luego, cuando ya se han tomado seis u ocho, la sensación de haber esquiado por un glaciar cuando se corre ya sin cuerda. Algunos oficiales de marina que conocía entraron también y bebió con ellos y bebió con algunos de los entonces llamados Marina Colligan, o sea los guardacostas. Y así, porque se estaba aproximando demasiado a algo de lo que trataba de huir, acabó en el extremo del bar con las putas respetables, las magníficas putas viejas con las que habían dormido todos los clientes asiduos de La Floridita en los últimos veinte años y se sentó en un taburete con ellas, comió un bocadillo y bebió daiquiris dobles.

Además, el escritor nortemaricano en el libro Islas en el Golfo hace una hermosa analogía entre dos de sus fascinaciones por Cuba, el daiquirí y el mar:

Thomas Hudson estaba bebiendo otro daiquiri helado sin azúcar y al levantar el vaso para llevárselo a la boca, bajo el hielo que cubría la parte superior, se quedó mirando el líquido. Le recordaba el mar. La parte frappé se le antojó la estela que va dejando un barco y la parte de abajo, más clara, la comparó al mar tal como queda después de ser cortado por la proa, navegando en aguas poco profundas por una superficie con fondo de arena. Era casi el color exacto.

A su vez, Hemingway narra de manera tangencial el escenario desolador que se veía en Cuba. Cuando relata la conversación entre Thomas Hudson y su chofer:

—Arroz— dijo el chofer—. Ha llegado un cargamento de arroz.
— ¿Es muy difícil de conseguir?
—Es imposible. Está por las nubes.
— ¿Comes mal ahora?
—Muy mal.
— ¿Por qué? Tú comes en casa y yo pago lo necesario, no importa lo caro que esté todo.
—Me refería a cuando como en mi casa.
— ¿Y cuándo comes en tu casa?
—Los domingos.
—Tendré que comprarte un perro —dijo Thomas Hudson.—Tenemos uno —dijo el chofer—. Un perro precioso y muy inteligente. Me quiere más que a nada en el mundo. No puedo dar un paso sin que me siga. Pero, señor Hudson, usted no puede saber ni comprender lo que esta guerra está haciendo sufrir al pueblo de Cuba. Usted no puede comprenderlo porque tiene de todo.

Y claro, no puede faltar la narración del mar:

De modo que es así como cumples tu decisión de no pensar en nada hasta marcharme otra vez —se dijo—. No era el mar lo que querías olvidar. Sabes que amas el mar y que no quisieras estar en otro sitio. Sal al porche y contémplalo. No es cruel ni sensible ni ninguna de esas tonterías. El mar se limita a estar y el viento lo mueve y la corriente lo mueve y luchan entre sí en la superficie. Pero allá abajo nada de eso importa. Agradece que vas a volver al mar y que el mar sea tu hogar. Porque es tu hogar, no tu problema. Empiezas a ser más sensato. Aunque no lo eres tanto como cuando estás en tierra. Está bien, tengo que ser razonable, ya que cuando estás en tierra sólo piensas en perder la sensatez.

Fragmentos tomados de Islas a la deriva de Ernest Hemingway, Bogotá, Editorial Seix Barral, Oveja Negra, 1985.

Publicado en noviembre de 2006

Crónicas sobre Cuba (continuación)

En abril de 1936, también para la revista Esquire, Hemingway publicó otra de sus crónicas sobre Cuba. Esta vez decidió hablar sobre lo que es la pezca y de alguna forma trató de explicar si fascinación por la misma. Además, escribió por vez primera el relato que posteriormente inspiraría a su obra más elogiada, también ambientada en Cuba, El viejo y el mar:

En las aguas azules
Crónica sobre la corriente del Golfo

(…) —No digas tonterías. Te digo con toda sinceridad que no veo qué emoción pueda causar la pesca.

—Atiende: hay un pescador de elefantes que salió con nosotros a pescar toda la temporada anterior y está verdaderamente encantado de ello; de no ser así, no se habría dedicado más a la pesca.
—En efecto —convino mi amigo—; debe de tener algo emotivo,
aunque yo no lo veo. Dime: ¿qué es lo que te emociona?
—Intentaré escribirlo oportuname
nte en una obra— contesté.
—Quisiera que lo hicieses ahora. Porque vosotros tenéis sensibilidad para otras cosas que no son la caza del elefante; quiero decir que sois sensibles con moderación.
—Lo describiré.

La corriente del Golfo y otras corrientes del océano son el único paraje solitario que existe. En cuanto se está alejado de la costa o de otras embarcaciones, se encuentra uno más solitario que si estuviese de caza, y el mar sigue siendo el mismo que cuando aún no era surcado por embarcaciones. En el transcurso de una temporada de pesca se le puede ver quieto cual una balsa de aceite, como los galeotes lo vieran encalmado mientras iban a la deriva hacia Occidente; cubierto de cabrillas cuando navegaban a favor de los alisios, y convertido en altas y azules colinas, cuyas cimas se separan cual la nieve arrastrada por el viento de la cresta de un monte, de suerte que se ven a veces tres y el pez se intenta pescar saltando en la cresta de la más alejada. Si se pretende virar para dirigirse a ella sin elegir el momento oportuno, una de esas crestas lanzará rugiendo unas mil toneladas de agua sobre uno y no podrá cazar más elefantes, mi buen amigo Richard.

El pez no es peligroso, por grande que sea. Pero quienquiera
que salga a la mar en una frágil embarcación todo el año, no necesita buscar el peligro; puede estar seguro de verse envuelto en él todo el tiempo y eludirlo cuanto le es posible.

Por esa razón, la corriente del Golfo es un paraje que está por explorar; sólo se pesca en sus orillas y tiene una docena de sitios de miles de millas donde se desconocen el tamaño, la edad y la especie de peces y animales marinos que habitan sus distintas profundidades. Cuando se navega a merced de las olas por alta mar, con cuatro anzuelos calados a sesenta, ochenta y ciento cincuenta brazas de profundidad respectivamente, en un paraje donde ésta alcanza unas setecientas brazas, nunca se sabe qué animal morderá el pequeño atún empleado como cebo; el sedal empieza a desarrollarse lentamente y va acelerándose, hasta que el trinquete cruje y la caña se comba formando una parábola, se experimenta la enorme resistencia del rozamiento del sedal precipitándose al fondo, se va tanteando y dando carrete una y otra vez y se procura apartar la barriga del extremo de la caña antes que el pez empiece a pegar saltos, todo lo cual no necesita del peligro para causar emoción. Puede ser un pez emperador que salte alto y a la derecha del pescador, y se aleje haciendo cabriolas y lanzando salpicaduras, cual una gasolinera rápida en un lago grande, al paso que se vigila la porción de cuerda que aún queda en el carretel y se dan voces para que la embarcación vire con objeto de seguirlo, o quizá un pez espada común que sale a la superficie meneando su alargada mandíbula superior o acaso uno que nada sin salir del agua al noroeste, cual un submarino sumergido, y al término de cinco horas, el pescador se queda en el anzuelo vacío. Navegar a merced de las olas con un pez cogido en el anzuelo es siempre una sensación emotiva.

En la caza del elefante se sabe de antemano lo que se puede cazar. Por lo contrario, nadie puede prever qué se pescará a ciento cincuenta brazas de profundidad navegando a la bolina de la corriente del Golfo. Probablemente hay peces espada tan grandes que los capturados hasta ahora son pigmeos comparados con ellos, y siempre que el pez muerde el cebo se experimenta la sensación de estar ligado a él.

(…)


En cierta ocasión, un anciano pescador, estando dedicado a la pesca en un pequeño bote a la altura de Cabañas, capturó un enorme pez emperador, que, cogido al volantín, arrastró el bote mar adentro. Transcurrido un par de días, unos pescadores recogieron al anciano a unas setenta millas, a levante de dicha población; la cabeza y parte delantera del animal estaban sujetas al costado de la embarcación; lo que quedaba de él, menos de la mitad, dio un peso de ochocientas libras. El hombre estuvo ocupado en su captura dos días con sus correspondientes noches debido a que el pez nadaba a bastante profundidad y arrastraba a
l bote. Así que hubo salido a la superficie, el anciano paró la embarcación, lo arponeó y lo sujetó al costado de ella; pero como los tiburones empezaron a devorarlo, cogió un remo y emprendió a golpes con ellos, hasta que se quedó sin fuerzas y aquellos animales se comieron todo lo que estuvo a su alcance. Cuando los pescadores lo hallaron estaba tendido y gemía medio quebrantado por la pérdida de tan preciada captura, y los selacios nadaban sin cesar en torno del bote.



Pero ¿qué estimula a capturarlos desde una embarcación pequeña? Que son animales impetuosos y extraordinarios, tienen una velocidad, fuerza y belleza increíbles en el agua y su manera de saltar es indescriptible; algo que sólo se puede presenciar estando dedicado a la pesca de ellos; de pronto, se encuentra uno sujeto a ellos de suerte que se percibe su velocidad, resistencia y fuerza enormes como si se cabalgase en un potro. En el transcurso de una a cinco horas se hallan el pescador y el pez ligados uno al otro; aquél lo doma como a un potro salvaje y finalmente lo iza a bordo. Por satisfacción, y porque es una mercancía valiosa en el mercado de La Habana, se le arrastra al costado de la embarcación, arponea y sube en ella. Mas lo emotivo es haberle vencido y no capturado.

Fragmento tomado de Obras selectas de Ernest Hemingway, Barcelona, Planeta, 1969. Pg 1356-1360.

Publicado en noviembre de 2006