Tener y no tener
En el año 1937 Hemingway publicó su primera novela ambientada en Cuba: Tener y no tener. En 1933, mientras esperaba en la Bahía de La Habana el buque que lo llevaría a Europa y de allí a África fue testigo de una masacre. Basado en este hecho, inició la narración de la novela, en la que describe una visión de la Cuba antes de la revolución. Tener y no tener en el fondo, es su primera visión de lo que es el entorno y la esencia cubana. Una forma de ver la isla de manera objetiva, sin adentrarse demasiado.
Hemingway decidió iniciar su primera narración de una novela ambientada en Cuba, con un amanecer, un mendigo sediento y el ruido del trasiego inicial de los bares del puerto:
¿Saben ustedes cómo es La Habana a primera hora de la mañana, cuando los vagabundos duermen todavía contra las paredes de las casas y ni siquiera pasan los carros que llevan hielo a los bares? Bueno, pues, veníamos del puerto y cruzamos la plaza para tomar café, en el Café de la Perla de San Francisco. En la plaza no estaba despierto más que un mendigo que bebía agua en la fuente (…)
Además, ya se empiezan a dar las primeras reflexiones en torno al mar, tema que será fundamental en las descripciones de Hemingway sobre el entorno cubano:
La corriente había penetrado mucho y cuando nos acercamos al borde vimos que tenía un color morado y formaba remolinos regulares. Soplaba una leve brisa del Este y levantamos muchos peces voladores, de esos grandes de alas negras que cuando emprenden el vuelo parecen la imagen de Lindsbergh cruzando el Atlántico.
No hay mejor señal que los grandes peces voladores. Hasta donde alcanzaba la vista había manchones de las descoloridas algas del golfo que indican que la corriente principal ha penetrado mucho. Unas aves se afanaban sobre un barco de pequeños atunes a los cuales se les veía saltar.
La novela se ambienta en el entorno entre la isla de Cuba y una isla norteamericana denominada Key West, pero que para los cubanos se llama Cayo Hueso. Hemingway en la obra describió de manera detallada el ambiente de las islas, sus relaciones y sobretodo sus paisajes:
No se veían más que los smacks que se dirigían a puerto y, a lo lejos, la cúpula del Capitolio que se destacaba muy blanca al borde del mar. En la corriente flotaban bastantes algas sobre las que volaban unas cuantas aves, no muchas. Estuve un rato sentado sobre la cabina de mando y contemplé el mar, pero los únicos peces que vi fueron esos pardos que merodean alrededor de los montones de algas. No le dejen ustedes a nadie decir que no hay agua abundante entre La Habana y Cayo Hueso.

(...) Estábamos a una milla más o menos y en la oscuridad. Con la puesta del sol se había avivado la corriente, y yo noté que iba entrando. Al oeste veía el faro del Morro y el resplandor de La Habana. Las luces que teníamos en frente eran Rincón y Baracoa. Remonté la corriente hasta pasar Bacuranao y acercarnos a Cojimar. Allí dejé la canoa a la deriva. La oscuridad era grande, pero yo sabía donde estábamos. No habíamos encendido las luces.
A su vez, en Tener y no tener ya se empiezan a dar las primeras reflexiones en torno al gobierno de Machado y la revolución. Dicertaciones todas ellas, filtradas por la mente de Harry Morgan, uno de los personajes hemingweyianos más contradictorios:
—Hoy no se gana gran cosa en ninguna clase de riesgos. Mírame a mí. Durante la temporada ganaba treinta y cinco dólares diarios por llevar gente a pescar. Después, por un contrabando que apenas valía lo que mi canoa me pegaron un tiro y perdí un brazo. Pero te diré que ni a mis hijos les van a doler las tripas ni yo voy a clavar alcantarillas para el gobierno por menos que para darles de comer. De todos modos, ya no puedo cavar. No sé quién hizo las leyes, pero sé que no hay ley que diga que uno tiene que pasar hambre.
Así como también enuncia:
Hay tipos que serían capaces de morirse de hambre antes que robar. En este pueblo hay muchos a quienes la barriga les da gritos, pero no son capaces de dar un paso. Se dejan morir poquito a poco. Algunos empezaron a morirse de hambre al nacer.
Tal vez, una de las escenas más impactantes del libro es la siguiente:
—Somos el único partido verdaderamente revolucionario. Queremos acabar con los viejos políticos, con el imperialismo norteamericano que nos estrangula y con la tiranía del ejército. Queremos empezar de nuevo y brindar oportunidad a todos. Queremos poner fin a la esclavitud de los guajiros, de los campesinos, y dividir las grandes fincas azucareras entre quienes las trabajan. Pero no somos comunistas.
Harry dejó de mirar a la brújula para mirar al cubanito:
—¿Y cómo va la cosa?
—Ahora estamos reuniendo dinero. Para reunirlo tenemos que recurrir a procedimientos que después no usaríamos. También tenemos que utilizar gente que después no utilizaríamos. Pero el fin vale los medios. Antes de la revolución rusa, Stalin fue durante muchos años una especie de bandolero.
“Es un extremista”, pensó Harry. “Es un extremista.”
—Si van ustedes a ayudar al trabajador, el programa debe ser bueno —replicó—. Yo he ido a la huelga muchas veces en los tiempos en que en Cayo Hueso había fábrica de tabaco. De saber a qué se dedicaban ustedes, me habría alegrado de hacer lo posible.
—Mucha gente estaría dispuesta a ayudarnos—dijo el cubanito—. Pero en el estado en que está ahora el movimiento no podemos tener confianza. Yo lamento mucho tener que atravesar esta fase. Me disgustan mucho los procedimientos de juntar dinero. Pero no hay otra alternativa. Usted no sabe lo mal que están las cosas en Cuba.
—Deben de estar bastante mal— comentó Harry.
—No lo sabe usted. Hay una tiranía verdaderamente criminal que llega hasta la última aldea del país. No pueden caminar en las calles tres personas juntas. Cuba no tiene enemigos extranjeros ni necesita un ejército, pero tiene uno de veinticinco mil hombres y todos ellos, de cabos para arriba, le chupan la sangre a la nación. Nadie, ni siquiera los soldados, piensa más que en hacerse rico. Hay también unas reservas en las que han entrado todos los sinvergüenzas, matones y delatores de los tiempos de Machado. En ellas pueden entrar todos los que el ejército desecha. Antes nos gobernaban los clubs. Ahora nos gobiernan los rifles, las pistolas, las ametralladoras y las bayonetas.
—No me parece muy agradable— replicó Harry manejando el volante y siguiendo el mismo rumbo al Este.
—No te puedes imaginar. Quiero a mi pobre país y haría cualquier cosa, cualquier cosa, por librarlo de la tiranía que tenemos. Hago cosas que detesto, pero haría cosas que detesto mil veces más. “Tengo que tomar un trago —pensó Harry—. ¿Qué m… me importa a mí su revolución? Que le… a su revolución. Para ayudar a los trabajadores asaltan un Banco, muere uno de los suyos y después matan al pobre Albert que nunca hizo daño a nadie. ¿No era Albert un trabajador? Éste no piensa en eso. Y tenía familia. Cuba está gobernada por cubanos. Todos se traicionan unos a otros. Se venden mutuamente. Se merecen lo que les pasa. Que se vayan a la m… sus revoluciones. Lo que tengo que hacer yo es sostener a mi familia, y no puedo. Y me viene hablando a mí de sus revoluciones. Que se vaya a la m…”
Sin embargo, ese mismo hombre que critica la revolución, al final de la obra, a punto de morir, afirma:
Un hombre —dijo Harry Morgan mirándoles a los dos—. Un hombre solo no puede. Ningún hombre solo. Un hombre solo, haga lo que haga, no pude conseguir nada— terminó después de un rato de silencio.
Cerró los ojos. Había tardado mucho en decirlo, y toda la vida en aprenderlo. Se quedó callado con los ojos abiertos otra vez.
Escena de la película Tener y no tener dirigida por Howard Hawks. El guión ayudó a escribirlo William Faulkner
Publicado en noviembre de 2006