sábado, 4 de julio de 2009

Crónicas sobre Cuba (continuación)

En abril de 1936, también para la revista Esquire, Hemingway publicó otra de sus crónicas sobre Cuba. Esta vez decidió hablar sobre lo que es la pezca y de alguna forma trató de explicar si fascinación por la misma. Además, escribió por vez primera el relato que posteriormente inspiraría a su obra más elogiada, también ambientada en Cuba, El viejo y el mar:

En las aguas azules
Crónica sobre la corriente del Golfo

(…) —No digas tonterías. Te digo con toda sinceridad que no veo qué emoción pueda causar la pesca.

—Atiende: hay un pescador de elefantes que salió con nosotros a pescar toda la temporada anterior y está verdaderamente encantado de ello; de no ser así, no se habría dedicado más a la pesca.
—En efecto —convino mi amigo—; debe de tener algo emotivo,
aunque yo no lo veo. Dime: ¿qué es lo que te emociona?
—Intentaré escribirlo oportuname
nte en una obra— contesté.
—Quisiera que lo hicieses ahora. Porque vosotros tenéis sensibilidad para otras cosas que no son la caza del elefante; quiero decir que sois sensibles con moderación.
—Lo describiré.

La corriente del Golfo y otras corrientes del océano son el único paraje solitario que existe. En cuanto se está alejado de la costa o de otras embarcaciones, se encuentra uno más solitario que si estuviese de caza, y el mar sigue siendo el mismo que cuando aún no era surcado por embarcaciones. En el transcurso de una temporada de pesca se le puede ver quieto cual una balsa de aceite, como los galeotes lo vieran encalmado mientras iban a la deriva hacia Occidente; cubierto de cabrillas cuando navegaban a favor de los alisios, y convertido en altas y azules colinas, cuyas cimas se separan cual la nieve arrastrada por el viento de la cresta de un monte, de suerte que se ven a veces tres y el pez se intenta pescar saltando en la cresta de la más alejada. Si se pretende virar para dirigirse a ella sin elegir el momento oportuno, una de esas crestas lanzará rugiendo unas mil toneladas de agua sobre uno y no podrá cazar más elefantes, mi buen amigo Richard.

El pez no es peligroso, por grande que sea. Pero quienquiera
que salga a la mar en una frágil embarcación todo el año, no necesita buscar el peligro; puede estar seguro de verse envuelto en él todo el tiempo y eludirlo cuanto le es posible.

Por esa razón, la corriente del Golfo es un paraje que está por explorar; sólo se pesca en sus orillas y tiene una docena de sitios de miles de millas donde se desconocen el tamaño, la edad y la especie de peces y animales marinos que habitan sus distintas profundidades. Cuando se navega a merced de las olas por alta mar, con cuatro anzuelos calados a sesenta, ochenta y ciento cincuenta brazas de profundidad respectivamente, en un paraje donde ésta alcanza unas setecientas brazas, nunca se sabe qué animal morderá el pequeño atún empleado como cebo; el sedal empieza a desarrollarse lentamente y va acelerándose, hasta que el trinquete cruje y la caña se comba formando una parábola, se experimenta la enorme resistencia del rozamiento del sedal precipitándose al fondo, se va tanteando y dando carrete una y otra vez y se procura apartar la barriga del extremo de la caña antes que el pez empiece a pegar saltos, todo lo cual no necesita del peligro para causar emoción. Puede ser un pez emperador que salte alto y a la derecha del pescador, y se aleje haciendo cabriolas y lanzando salpicaduras, cual una gasolinera rápida en un lago grande, al paso que se vigila la porción de cuerda que aún queda en el carretel y se dan voces para que la embarcación vire con objeto de seguirlo, o quizá un pez espada común que sale a la superficie meneando su alargada mandíbula superior o acaso uno que nada sin salir del agua al noroeste, cual un submarino sumergido, y al término de cinco horas, el pescador se queda en el anzuelo vacío. Navegar a merced de las olas con un pez cogido en el anzuelo es siempre una sensación emotiva.

En la caza del elefante se sabe de antemano lo que se puede cazar. Por lo contrario, nadie puede prever qué se pescará a ciento cincuenta brazas de profundidad navegando a la bolina de la corriente del Golfo. Probablemente hay peces espada tan grandes que los capturados hasta ahora son pigmeos comparados con ellos, y siempre que el pez muerde el cebo se experimenta la sensación de estar ligado a él.

(…)


En cierta ocasión, un anciano pescador, estando dedicado a la pesca en un pequeño bote a la altura de Cabañas, capturó un enorme pez emperador, que, cogido al volantín, arrastró el bote mar adentro. Transcurrido un par de días, unos pescadores recogieron al anciano a unas setenta millas, a levante de dicha población; la cabeza y parte delantera del animal estaban sujetas al costado de la embarcación; lo que quedaba de él, menos de la mitad, dio un peso de ochocientas libras. El hombre estuvo ocupado en su captura dos días con sus correspondientes noches debido a que el pez nadaba a bastante profundidad y arrastraba a
l bote. Así que hubo salido a la superficie, el anciano paró la embarcación, lo arponeó y lo sujetó al costado de ella; pero como los tiburones empezaron a devorarlo, cogió un remo y emprendió a golpes con ellos, hasta que se quedó sin fuerzas y aquellos animales se comieron todo lo que estuvo a su alcance. Cuando los pescadores lo hallaron estaba tendido y gemía medio quebrantado por la pérdida de tan preciada captura, y los selacios nadaban sin cesar en torno del bote.



Pero ¿qué estimula a capturarlos desde una embarcación pequeña? Que son animales impetuosos y extraordinarios, tienen una velocidad, fuerza y belleza increíbles en el agua y su manera de saltar es indescriptible; algo que sólo se puede presenciar estando dedicado a la pesca de ellos; de pronto, se encuentra uno sujeto a ellos de suerte que se percibe su velocidad, resistencia y fuerza enormes como si se cabalgase en un potro. En el transcurso de una a cinco horas se hallan el pescador y el pez ligados uno al otro; aquél lo doma como a un potro salvaje y finalmente lo iza a bordo. Por satisfacción, y porque es una mercancía valiosa en el mercado de La Habana, se le arrastra al costado de la embarcación, arponea y sube en ella. Mas lo emotivo es haberle vencido y no capturado.

Fragmento tomado de Obras selectas de Ernest Hemingway, Barcelona, Planeta, 1969. Pg 1356-1360.

Publicado en noviembre de 2006

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