sábado, 4 de julio de 2009

Islas en el golfo

La segunda novela de Hemingway que se inspira en escenarios cubanos es Islas en el golfo. Hemingway inició su borrador en 1945. Sin embargo, nunca la terminó. El escritor norteamericano le había dado el nombre de The Sea Book. Después de su muerte su esposa Mary Welsh y los editores de Scribner's decidiron publicar el texto con el nombre de Islands in the Stream. El libro se desarrolla en dos esenarios básicos: islas Bimini y en La Habana. En este último se describen minuciosamente dos de los puntos claves de la vida de Hemingway en Cuba: el Floridita (un bar famoso por las visitas del escritor) y Finca Vigía (su casa en territorio cubano).

En esta segunda obra ambientada en Cuba, Hemingway explora más los sitios que frecuentaba y el por qué de su estancia en la isla. Islas en el Golfo es su obra más autobiográfica, por eso no sorprende cuando se afirma que para Thomas Hudson, el protagonista "La casa era a la vez una casa y un barco para él".

A su vez, se describe el entorno, que quedó grabado en la memoria del escritor. En estas narraciones implícitamente se demuestra la fascinación del norteamericano por ese ambiente, tan ajeno y distante del caótico Estados Unidos, y de alguna forma demuestra el porqué de la estadía del escritor allí:

A Thomas Hudson le agradaba ver cómo volaban los mirlos por encima de los montes y ver cómo salían los primeros murciélagos al anochecer y a las pequeñas lechuzas emprendiendo su excursión nocturna, cuando el sol se hundía por el mar, más allá de La Habana y sobre las colinas empezaban a encenderse las luces

Por otro lado, el escritor describe el daiquirí, la bebida a base de ron cubano que quedó inmortalizada en la obra y que hizo famoso al bar Floridita que el escritor frecuentaba. De hecho, hoy en día existe la bebida "Daiquirí especial" (también denominada "Papa Doble") invento de Hemingway en una de sus visitas al bar. Dicha bebida se caracteriza por la doble ración de ron al daiquirí, así como por no tener azúcar:

Había bebido dos daiquiris dobles muy helados, de aquellos grandiosos daiquiris que preparaba Constant que no sabían a alcohol y daban la misma sensación al beberlos que la que produce esquiar esquiar ladera abajo por un glaciar cubierto de nieve en polvo y luego, cuando ya se han tomado seis u ocho, la sensación de haber esquiado por un glaciar cuando se corre ya sin cuerda. Algunos oficiales de marina que conocía entraron también y bebió con ellos y bebió con algunos de los entonces llamados Marina Colligan, o sea los guardacostas. Y así, porque se estaba aproximando demasiado a algo de lo que trataba de huir, acabó en el extremo del bar con las putas respetables, las magníficas putas viejas con las que habían dormido todos los clientes asiduos de La Floridita en los últimos veinte años y se sentó en un taburete con ellas, comió un bocadillo y bebió daiquiris dobles.

Además, el escritor nortemaricano en el libro Islas en el Golfo hace una hermosa analogía entre dos de sus fascinaciones por Cuba, el daiquirí y el mar:

Thomas Hudson estaba bebiendo otro daiquiri helado sin azúcar y al levantar el vaso para llevárselo a la boca, bajo el hielo que cubría la parte superior, se quedó mirando el líquido. Le recordaba el mar. La parte frappé se le antojó la estela que va dejando un barco y la parte de abajo, más clara, la comparó al mar tal como queda después de ser cortado por la proa, navegando en aguas poco profundas por una superficie con fondo de arena. Era casi el color exacto.

A su vez, Hemingway narra de manera tangencial el escenario desolador que se veía en Cuba. Cuando relata la conversación entre Thomas Hudson y su chofer:

—Arroz— dijo el chofer—. Ha llegado un cargamento de arroz.
— ¿Es muy difícil de conseguir?
—Es imposible. Está por las nubes.
— ¿Comes mal ahora?
—Muy mal.
— ¿Por qué? Tú comes en casa y yo pago lo necesario, no importa lo caro que esté todo.
—Me refería a cuando como en mi casa.
— ¿Y cuándo comes en tu casa?
—Los domingos.
—Tendré que comprarte un perro —dijo Thomas Hudson.—Tenemos uno —dijo el chofer—. Un perro precioso y muy inteligente. Me quiere más que a nada en el mundo. No puedo dar un paso sin que me siga. Pero, señor Hudson, usted no puede saber ni comprender lo que esta guerra está haciendo sufrir al pueblo de Cuba. Usted no puede comprenderlo porque tiene de todo.

Y claro, no puede faltar la narración del mar:

De modo que es así como cumples tu decisión de no pensar en nada hasta marcharme otra vez —se dijo—. No era el mar lo que querías olvidar. Sabes que amas el mar y que no quisieras estar en otro sitio. Sal al porche y contémplalo. No es cruel ni sensible ni ninguna de esas tonterías. El mar se limita a estar y el viento lo mueve y la corriente lo mueve y luchan entre sí en la superficie. Pero allá abajo nada de eso importa. Agradece que vas a volver al mar y que el mar sea tu hogar. Porque es tu hogar, no tu problema. Empiezas a ser más sensato. Aunque no lo eres tanto como cuando estás en tierra. Está bien, tengo que ser razonable, ya que cuando estás en tierra sólo piensas en perder la sensatez.

Fragmentos tomados de Islas a la deriva de Ernest Hemingway, Bogotá, Editorial Seix Barral, Oveja Negra, 1985.

Publicado en noviembre de 2006

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