sábado, 4 de julio de 2009

Crónicas de Cuba

En el año 1949 Hemingway publica, tal vez, una de las crónicas en donde se rastrea de forma explítia y tangible el por qué de su estancia en la isla de Cuba. La crónica se titula El "Gran Río Azul" y fue publicada en la revista Holiday en julio de ese año.

El "Gran Río Azul"

Muchos le preguntan a uno por qué vive en Cuba; les contesta simplemente que le agrada vivir allí. Es difícil explicar el acariciador fresco que en los días más calurosos de estío hace en las colinas que rodena a La Habana. No es necesario explicar que la posibilidad de criar gallos de pelea, adiestrarlos y participar en competiciones dondequiera que se organicen, por tratarse de un asunto lícito, es una de las razones de vivir en aquella isla.

Acaso no les guste la pelea de gallos.

Tampoco tiene uno por qué referir los extraordinarios y hermosos gallos ingleses que se crían en la granja ni las aves de paso ni la codorniz que muy temprano va a beber agua en la ondulada superficie líquida de la alberca, ni las distintas especies de lagartijas que viven y casan en el emparrado al extremo de la piscina, ni las dieciocho clases de mango que crecen en largo recuesto que se extie
nde hasta la casa. No debe uno hablar de nuestro equipo de fútbol, donde todo aquel que pasa de los cuarenta puede tener a su disposición un muchacho que corra por él y, así, participar en el juego sin la necesidad de sudar a mares, ni de que esos muchachos son muy ágiles y habilidosos para este juego.

Tampoco se debe hablar del club de tiro junto a la carretera, donde suele uno apostar considerables cantidades de dinero en el tiro de pichón con Winston Guest, Tommy Shevlin, Thorward Sánchez y Pichón Aguilera, y donde solía competir con los Brookyn Dodgeres cuando tenían buenos tiradores, como Curt Davis, Billy Herman, Augie Galán y Hugo Casey. Quizá censuren este deporte y tal vez tengan razón. La rein
a Victoria lo prohibió en Inglaterra. Indudablemente es un deporte poco espectacular; pero cuando se trata de aves fuertes y veloces, es el mejor que uno ha practicado para competir y postar dinero, lo cual está permitido en Cuba.

Se les puede contestar que uno vive en esta isla porque para ir a la ciudad
no hace falta más que ponerse los zapatos, porque se puede tapar con papel el timbre del teléfono para eludir la contestación a la llamada y porque, con el fresco de la mañana, se trabaja mejor y con más comodidad que en cualquier otro sitio. Pero esto es un secreto profesional.



Hay muchas más cosas que uno no debe explicar; pero si le hablan de la pesca del salmón en el río Restigouche y de lo que cuesta pescarlo allí, entonces explica uno que la principal razón de vivir en Cuba es el “Gran Río Azul”, de tres cuartos a una milla de profundidad y de sesenta a ochenta millas de ancho; desde la puerta de la casa, y a través de un hermoso paisaje, se tardan cuarenta y cinco minutos en ir allí, donde hay la mejor y más abundante pesca que uno ha visto en su vida.

La corriente del Golfo es de color azul oscuro y se forman remolinos a l
o largo de sus orillas cuando se mueve favorablemente. En verano, practicamos la pesca en una lancha pesquera de cuarenta pies de largo y con un puente volante dotado de una cabeza regulable y de soportes suficientemente recios para resistir el balanceo de las cuatro cañas de pescar con diez libras de carnada en el anzuelo de cada una de ellas.

Unas veces dejamos el Pilar en el puerto de La Habana, y otras en Cojimar, pueblo de pescadores que dista siete millas de la capital y tiene un puerto seguro en verano e insegur
o en invierno, cuando soplan la nortada o el cauro.

El Pilar fue construido para pescar en mar gruesa, tiene una radio de acción de quinientas millas y puede llevar siete personas a bordo. Sus depósitos tienen espacio para contener trescientos galones de gasolina y ciento cincuenta de agua potable. En su popel puede llevar un centenar de galones de combustible más en bidones, otro tanto de agua en damajuanas y dos mil cuatrocientas libras de hielo si el viaje es largo.


Hemingway en el Pilar


La Wheeler Shipyard, de Nueva York, construyó el casco y lo acondicionó a nuestras necesidades; hemos hecho muchas reformas en ella desde entonces. Es una embarcación sólida y gobernable en cualquier estado de la mar; tiene la popa baja y con un cilindro de madera grueso para izar las piezas grandes a bordo. Su puente volante es tan sólido, que desde él se puede bregar con un pez grande.
(…)

Fragmento tomado de Obras selectas de Ernest Hemingway, Barcelona, PLaneta, 1969. Pg 1504- 1506

Publicado en noviembre de 2006

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