Crónicas sobre Cuba
Ernest Hemingway, uno de los más importantes escritores de literatura norteamericana contemporánea, decidió convertir a la isla de Cuba en su hogar. Desde 1928 comenzó a pescar en las costas de la isla. Por el año treinta y tres escogió el hotel Ambos Mundos para hospedarse en Cuba. Allí escribió gran parte de su obra.
Finalmente compró Finca Vigía, en pleno territorio cubano. Toda su estadía en la isla se ve reflejada en gran parte de su obra. Además de las tres novelas que se ambientan en Cuba (Tener y no tener, Islas en el Golfo y El viejo y el mar) Hemingway escribió varias crónicas que describen el entorno cubano y su fascinación por el mismo. La primera de ellas fue escrita en 1933 y publicada en la publicación periódica Esquire:
La pesca del pez espada a la altura del Morro
Las habitaciones de la esquina nordeste del hotel Ambos Mundos de La Habana dan a la antigua catedral, la entrada del puerto y el mar por el norte, y por levante a la Península de Casablanca y los tejados de las casas que se extienden hasta el puerto y en todo lo ancho de él. Si duerme uno con los pies dirigidos a levante, aun cuando eso es contrario al dogma de ciertas religiones, el sol entra por la ventana abierta, le da en la cara y lo despierta, independientemente de donde haya estado durante la noche; si no le apetece levantarse, se puede mudar de posición en la cama o volverse a un lado. Aunque servirá de poco porque el sol va calentando cada vez más. La única solución es levantarse y cerrar la persiana.
Al ir a cerrarla, se ve más allá del puerto que la bandera de la fortaleza ondea en dirección al observador. Luego, se mira por la que da al norte y más allá del Morro se ve que la mar empieza a formar rizos; eso indica que los alisios están levantándose temprano. Tras de haberse duchado, se pone uno un viejo pantalón Caqui, una camisa y los mocasines secos, y pone otro par de ellos en la ventana al objeto de que estén secos por la noche siguiente. Después, se dirige al ascensor; baja al vestíbulo; allí coge el periódico; sale a la calle, y dobla a la esquina para tomar el desayuno en el café.
Uno puede desayunarse de dos maneras. Sabiendo que no se sale a pescar hasta dentro de dos o tres horas, un buen desayuno sería lo más apropiado. Quizá lo sea; pero como no quiero creerlo, tomo un vaso de agua de Vichy, otro de leche fría y una rebanada de pan cubano; leo el periódico y me dirijo a la embarcación.
En la popa hay una nevera que ocupa todo lo ancho de ella y tiene dos compartimientos; en uno conservamos el cebo, y en el otro la cerveza y la fruta. La caballa de unas tres libras de peso y a cero grados de temperatura es el mejor cebo para el pez espada; la mejor cerveza es la Hatuey, y la mejor fruta del tiempo son los mangos, ananaes y aguacates. Generalmente almorzamos aguacates que abrimos por la mitad y sazonamos con sal, pimienta y jugo de lima fresca. Los días en que no hay pesca, y estamos fondeados en la costa, nadamos y preparamos almuerzo caliente, solemos añadir un poco de mostaza. Por quince centavos se pueden comprar aguacates para dar de comer a quince personas.
La embarcación Anita tiene treinta y cuatro pies de longitud, es muy manejable y veloz para esta clase de pesca. Su propietario y capitán es Joe Russell, residente en Cayo Hueso, adonde llevó de Cuba el mayor cargamento de licores que se ha conocido, y conoce la pesca del pez espada mejor que los de Cayo Huso conocen la de los hemúlidos. El otro hombre de a bordo se llama Carlos Gutiérrez y vive en el número 31 de la Calle Zapata, de La Habana; tiene cincuenta y cuatro años, y es el mejor pescador de pez espada en toda Cuba. En invierno está de patrón en una lancha pesquera, y en verano se dedica a la pesca del pez espada para el mercado. Lo conocí en Tres Tortugas hace seis años, cuando oí decir que él había capturado la pieza más grande que se había conocido hasta entonces. Tiene habilidad para arponear a un delfín, sosteniendo esta arma detrás de las espaldas y arrojándola por encima de su cabeza, y desde los once años, cuando salió con su padre a pescar por primera vez, conoce las costumbres del pez espada.
Al zarpar del muelle de San Francisco, los tarpones nadan cerca del dique, a la salida del puerto se ven muchos más nadar en torno a las embarcaciones para conservar viva la pesca que boyan a lo largo de las lanchas pesqueras. A la entrada del puerto, ya fuera del Morro, hay un banco de corales a veinte brazas de profundidad y se ven muchas embarcaciones de poco calado dedicadas a la pesca del zoarce, de la caballa con anzuelo emplomado, del pargo criollo y, en ocasiones, del roncón. Más allá la brisa refresca y se ven esparcidas las embarcaciones dedicadas a la pesca del pez espada hasta donde alcanza la vista. Pescan con cuatro o seis pesados volantines que calan a cuarenta o setenta brazas de profundidad, donde suele vivir esta especie de pez. Pescamos caceando unos que estaban comiendo o nadando a quince o veinte brazas de profundidad; vieron las dos grandes carnadas y subieron de un tirón hacia ellas y sacaron como de costumbre la cabeza y el lomo fuera del agua.
El pez espada nada de levante a poniente, o sea contra la corriente del Golfo. No se ha visto ninguno que nadase en dirección contraria a pesar de que esta corriente no es estable: unas veces, antes de haber luna nueva, es muy lenta, y otras tiende mucho a poniente. Pero el viento sopla mayormente del nordeste; al levantarse, le pez espada sube a la superficie y corre con él cortando las olas a medida que las origina con su ola de color azul brillante en forma de guadaña, y vuelve a sumergirse. El grande parece un tronco de color amarillo cuando nada velozmente con sus grandes aletas pectorales y la dorsal recogidas a dos o tres pies bajo la superficie del agua; sólo mantiene recta e inmóvil la erecta y afilada curva de la cola.
Al anochecer, el banco principal nada de una a cuatro millas de la costa formando remolinos hacia levante como si fuera una caravana de automóviles rondando por la autopista. Hay tal abundancia de ellos, que mientras se está capturando uno se ven pasar cinco o seis por el costado de la embarcación. (...)
Fragmento tomado de Obras Selectas de Ernest Hemingway V2, Barcelona, Planeta, 1969. Pg 1261-1263Ernest Hemingway, uno de los más importantes escritores de literatura norteamericana contemporánea, decidió convertir a la isla de Cuba en su hogar. Desde 1928 comenzó a pescar en las costas de la isla. Por el año treinta y tres escogió el hotel Ambos Mundos para hospedarse en Cuba. Allí escribió gran parte de su obra.
Finalmente compró Finca Vigía, en pleno territorio cubano. Toda su estadía en la isla se ve reflejada en gran parte de su obra. Además de las tres novelas que se ambientan en Cuba (Tener y no tener, Islas en el Golfo y El viejo y el mar) Hemingway escribió varias crónicas que describen el entorno cubano y su fascinación por el mismo. La primera de ellas fue escrita en 1933 y publicada en la publicación periódica Esquire:
La pesca del pez espada a la altura del Morro
Las habitaciones de la esquina nordeste del hotel Ambos Mundos de La Habana dan a la antigua catedral, la entrada del puerto y el mar por el norte, y por levante a la Península de Casablanca y los tejados de las casas que se extienden hasta el puerto y en todo lo ancho de él. Si duerme uno con los pies dirigidos a levante, aun cuando eso es contrario al dogma de ciertas religiones, el sol entra por la ventana abierta, le da en la cara y lo despierta, independientemente de donde haya estado durante la noche; si no le apetece levantarse, se puede mudar de posición en la cama o volverse a un lado. Aunque servirá de poco porque el sol va calentando cada vez más. La única solución es levantarse y cerrar la persiana.Al ir a cerrarla, se ve más allá del puerto que la bandera de la fortaleza ondea en dirección al observador. Luego, se mira por la que da al norte y más allá del Morro se ve que la mar empieza a formar rizos; eso indica que los alisios están levantándose temprano. Tras de haberse duchado, se pone uno un viejo pantalón Caqui, una camisa y los mocasines secos, y pone otro par de ellos en la ventana al objeto de que estén secos por la noche siguiente. Después, se dirige al ascensor; baja al vestíbulo; allí coge el periódico; sale a la calle, y dobla a la esquina para tomar el desayuno en el café.
Uno puede desayunarse de dos maneras. Sabiendo que no se sale a pescar hasta dentro de dos o tres horas, un buen desayuno sería lo más apropiado. Quizá lo sea; pero como no quiero creerlo, tomo un vaso de agua de Vichy, otro de leche fría y una rebanada de pan cubano; leo el periódico y me dirijo a la embarcación.
En la popa hay una nevera que ocupa todo lo ancho de ella y tiene dos compartimientos; en uno conservamos el cebo, y en el otro la cerveza y la fruta. La caballa de unas tres libras de peso y a cero grados de temperatura es el mejor cebo para el pez espada; la mejor cerveza es la Hatuey, y la mejor fruta del tiempo son los mangos, ananaes y aguacates. Generalmente almorzamos aguacates que abrimos por la mitad y sazonamos con sal, pimienta y jugo de lima fresca. Los días en que no hay pesca, y estamos fondeados en la costa, nadamos y preparamos almuerzo caliente, solemos añadir un poco de mostaza. Por quince centavos se pueden comprar aguacates para dar de comer a quince personas.
La embarcación Anita tiene treinta y cuatro pies de longitud, es muy manejable y veloz para esta clase de pesca. Su propietario y capitán es Joe Russell, residente en Cayo Hueso, adonde llevó de Cuba el mayor cargamento de licores que se ha conocido, y conoce la pesca del pez espada mejor que los de Cayo Huso conocen la de los hemúlidos. El otro hombre de a bordo se llama Carlos Gutiérrez y vive en el número 31 de la Calle Zapata, de La Habana; tiene cincuenta y cuatro años, y es el mejor pescador de pez espada en toda Cuba. En invierno está de patrón en una lancha pesquera, y en verano se dedica a la pesca del pez espada para el mercado. Lo conocí en Tres Tortugas hace seis años, cuando oí decir que él había capturado la pieza más grande que se había conocido hasta entonces. Tiene habilidad para arponear a un delfín, sosteniendo esta arma detrás de las espaldas y arrojándola por encima de su cabeza, y desde los once años, cuando salió con su padre a pescar por primera vez, conoce las costumbres del pez espada.
Al zarpar del muelle de San Francisco, los tarpones nadan cerca del dique, a la salida del puerto se ven muchos más nadar en torno a las embarcaciones para conservar viva la pesca que boyan a lo largo de las lanchas pesqueras. A la entrada del puerto, ya fuera del Morro, hay un banco de corales a veinte brazas de profundidad y se ven muchas embarcaciones de poco calado dedicadas a la pesca del zoarce, de la caballa con anzuelo emplomado, del pargo criollo y, en ocasiones, del roncón. Más allá la brisa refresca y se ven esparcidas las embarcaciones dedicadas a la pesca del pez espada hasta donde alcanza la vista. Pescan con cuatro o seis pesados volantines que calan a cuarenta o setenta brazas de profundidad, donde suele vivir esta especie de pez. Pescamos caceando unos que estaban comiendo o nadando a quince o veinte brazas de profundidad; vieron las dos grandes carnadas y subieron de un tirón hacia ellas y sacaron como de costumbre la cabeza y el lomo fuera del agua.El pez espada nada de levante a poniente, o sea contra la corriente del Golfo. No se ha visto ninguno que nadase en dirección contraria a pesar de que esta corriente no es estable: unas veces, antes de haber luna nueva, es muy lenta, y otras tiende mucho a poniente. Pero el viento sopla mayormente del nordeste; al levantarse, le pez espada sube a la superficie y corre con él cortando las olas a medida que las origina con su ola de color azul brillante en forma de guadaña, y vuelve a sumergirse. El grande parece un tronco de color amarillo cuando nada velozmente con sus grandes aletas pectorales y la dorsal recogidas a dos o tres pies bajo la superficie del agua; sólo mantiene recta e inmóvil la erecta y afilada curva de la cola.
Al anochecer, el banco principal nada de una a cuatro millas de la costa formando remolinos hacia levante como si fuera una caravana de automóviles rondando por la autopista. Hay tal abundancia de ellos, que mientras se está capturando uno se ven pasar cinco o seis por el costado de la embarcación. (...)
Publicado originalmente en noviembre de 2006
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