sábado, 4 de julio de 2009

Entrevista a Fidel Castro

La noche del 6 de febrero de 1864, Norberto Fuentes entrevistó a Fidel Castro en el Palacio de la Revolución, en La Habana. Uno de los temas que tocaron, fue la visión de Castro sobre Hemingway y su obra:

“(…)FC: Sí, la corriente del Golfo moviéndose como él la describe, eterna y poderosa… Yo también conozco ese paisaje silencioso que se desplaza inexorablemente frente a las costas de la isla. Lo conozco y lo admiro. Creo comprender los sentimientos de Hemingway cuando navegaba sobre esas aguas…

(…) FC: Te voy a decir algo. Es precisamente esa una de las cosas por las que Hemingway ha estado presente entre nosotros en estos años. Ha estado presente porque realmente su obra no habla de hombres hechos con materiales tan duros que se hayan deshumanizado. El héroe de Hemingway nunca tuvo nada que ver con la perfección fascista. Y este pudo haber sido uno de los puntos de vista erróneos de sus críticos. Y la confusión se establece por la voluntad férrea que los personajes de Hemingway son capaces de desplegar. El hombre puede enfrentar el medio adverso, debe hacerlo incluso. El final no estará escrito, el triunfo no se obtendrá siempre. Pero lo imperativo es buscarlo, luchar por él. Y este es el mensaje de Hemingway que hemos tenido presente aquí, en Cuba, en medio de una revolución. De verdad que Hemingway nos ha acompañado en momentos cruciales y muy difíciles por los que hemos atravesado. Nosotros también hemos sido vulnerables y hemos estado expuestos durante décadas a la destrucción. Pero los lemas revolucionarios han sido recurrentes y firmes: “convertir el revés en victoria”, “podrán destruirnos mil veces pero nunca vencernos”. Esas han sido consignas sobre fondo rojo en mítines y desfiles, y han sido gritos de combate en los últimos 20 años de la historia cubana. Hemingway tenía toda la razón: Un hombre puede ser destruido, pero jamás vencido. No fue otro el mensaje que captamos. No ha sido otro el reclamo de los hombres que han luchado en todas las épocas y de su literatura”

Tomado de Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes, Editorial Letras Cubanas

Publicado el 18 de noviembre de 2006
El premio Nobel

En 1954 Ernest Hemingway recibió el premio Nobel de literatura. Su gran amigo, Fernando G. Campoamor decidió hacerle un homenaje en los jardines de la Cervecería Modelo, en el Cotorro. El acto comenzó con el himno nacional cubano, y luego tríos típicos interpretaron un cah cha chá llamado Viva Hemingway. A última hora llegaron sus amigos, los pescadores de Cojimar, quienes en gran medida, están reflejados en sus obras, sobretodo en El viejo y el mar.

Uno de los números más emocionantes de la reunión fue cantado por Amelita Frade, con el ritmo y música de La guantanamera:

El Premio Nobel pescó
porque es un tigre escribiendo
cuando escribe estamos viendo
los momentos que él vio.

Ante su estampa tembló
la pantera de Zambeze
su libro decir parece
que el viejo fue Hemingway
pero que el mar es de Hatuey
¡porque él se la merece!

Le gusta sentir bravio
el viento sobre El Pilar
y de noche conversar
con la selva y con el río.

Le gusta este suelo mío
y nuestro mal antillano
le gusta estrechar la mano
de los humildes de aquí
y le gusta el daiquiri
sano, sabroso y cubano.

Tomado de Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes, Ciudad de La Habana, Cuba, Editorial Letras Cubanas, 1984.

Publicado el 12 de noviembre de 2006


El viejo y el mar

En 1957 Hemingway publicó su obra más elogiada: El viejo y el mar, que es simultáneamente, su tercera obra ambientada en Cuba.

De ella es mejor no hablar demasiado, porque no hay sentimiento más agradable que leerla, y leerla de nuevo años después, porque en su sencillez despliega las verdades del entorno humano, y sobretodo, la paciencia que requiere el arte de pescar. Es en esta obra que Hemingway demuestra, más que en cualquier otra, el porqué de su hechizo ante la pesca, el mar, y ante la isla de Cuba.

La historia de Santiago, es conocida por muchos. Pero tal vez, la parte más significativa es el momento en que el protagonista enuncia:

—Pero el hombre no está hecho para la derrota —dijo —. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Publicado en noviembre de 2006
Crónicas de Cuba

En el año 1949 Hemingway publica, tal vez, una de las crónicas en donde se rastrea de forma explítia y tangible el por qué de su estancia en la isla de Cuba. La crónica se titula El "Gran Río Azul" y fue publicada en la revista Holiday en julio de ese año.

El "Gran Río Azul"

Muchos le preguntan a uno por qué vive en Cuba; les contesta simplemente que le agrada vivir allí. Es difícil explicar el acariciador fresco que en los días más calurosos de estío hace en las colinas que rodena a La Habana. No es necesario explicar que la posibilidad de criar gallos de pelea, adiestrarlos y participar en competiciones dondequiera que se organicen, por tratarse de un asunto lícito, es una de las razones de vivir en aquella isla.

Acaso no les guste la pelea de gallos.

Tampoco tiene uno por qué referir los extraordinarios y hermosos gallos ingleses que se crían en la granja ni las aves de paso ni la codorniz que muy temprano va a beber agua en la ondulada superficie líquida de la alberca, ni las distintas especies de lagartijas que viven y casan en el emparrado al extremo de la piscina, ni las dieciocho clases de mango que crecen en largo recuesto que se extie
nde hasta la casa. No debe uno hablar de nuestro equipo de fútbol, donde todo aquel que pasa de los cuarenta puede tener a su disposición un muchacho que corra por él y, así, participar en el juego sin la necesidad de sudar a mares, ni de que esos muchachos son muy ágiles y habilidosos para este juego.

Tampoco se debe hablar del club de tiro junto a la carretera, donde suele uno apostar considerables cantidades de dinero en el tiro de pichón con Winston Guest, Tommy Shevlin, Thorward Sánchez y Pichón Aguilera, y donde solía competir con los Brookyn Dodgeres cuando tenían buenos tiradores, como Curt Davis, Billy Herman, Augie Galán y Hugo Casey. Quizá censuren este deporte y tal vez tengan razón. La rein
a Victoria lo prohibió en Inglaterra. Indudablemente es un deporte poco espectacular; pero cuando se trata de aves fuertes y veloces, es el mejor que uno ha practicado para competir y postar dinero, lo cual está permitido en Cuba.

Se les puede contestar que uno vive en esta isla porque para ir a la ciudad
no hace falta más que ponerse los zapatos, porque se puede tapar con papel el timbre del teléfono para eludir la contestación a la llamada y porque, con el fresco de la mañana, se trabaja mejor y con más comodidad que en cualquier otro sitio. Pero esto es un secreto profesional.



Hay muchas más cosas que uno no debe explicar; pero si le hablan de la pesca del salmón en el río Restigouche y de lo que cuesta pescarlo allí, entonces explica uno que la principal razón de vivir en Cuba es el “Gran Río Azul”, de tres cuartos a una milla de profundidad y de sesenta a ochenta millas de ancho; desde la puerta de la casa, y a través de un hermoso paisaje, se tardan cuarenta y cinco minutos en ir allí, donde hay la mejor y más abundante pesca que uno ha visto en su vida.

La corriente del Golfo es de color azul oscuro y se forman remolinos a l
o largo de sus orillas cuando se mueve favorablemente. En verano, practicamos la pesca en una lancha pesquera de cuarenta pies de largo y con un puente volante dotado de una cabeza regulable y de soportes suficientemente recios para resistir el balanceo de las cuatro cañas de pescar con diez libras de carnada en el anzuelo de cada una de ellas.

Unas veces dejamos el Pilar en el puerto de La Habana, y otras en Cojimar, pueblo de pescadores que dista siete millas de la capital y tiene un puerto seguro en verano e insegur
o en invierno, cuando soplan la nortada o el cauro.

El Pilar fue construido para pescar en mar gruesa, tiene una radio de acción de quinientas millas y puede llevar siete personas a bordo. Sus depósitos tienen espacio para contener trescientos galones de gasolina y ciento cincuenta de agua potable. En su popel puede llevar un centenar de galones de combustible más en bidones, otro tanto de agua en damajuanas y dos mil cuatrocientas libras de hielo si el viaje es largo.


Hemingway en el Pilar


La Wheeler Shipyard, de Nueva York, construyó el casco y lo acondicionó a nuestras necesidades; hemos hecho muchas reformas en ella desde entonces. Es una embarcación sólida y gobernable en cualquier estado de la mar; tiene la popa baja y con un cilindro de madera grueso para izar las piezas grandes a bordo. Su puente volante es tan sólido, que desde él se puede bregar con un pez grande.
(…)

Fragmento tomado de Obras selectas de Ernest Hemingway, Barcelona, PLaneta, 1969. Pg 1504- 1506

Publicado en noviembre de 2006

"Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba"

En una carta escrita a Earl Wilson, en 1952 Hemingway escribió:

Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba… Me mudé de Key West para acá en 1938 y alquilé esta finca y la compré finalmente cuando se publicó Por quién doblan las campanas… Es un buen lugar para trabajar porque está fuera de la ciudad y enclavado en una colina… Me levanto temprano cuando sale el sol y me pongo a trabajar y cuando termino me voy a nadar y tomo un trago y leo los periódicos de Nueva York y Miami. Después del trabajo uno puede irse a pescar o a practicar tiro de pichones y por las tardes Mary y yo leemos y oímos música y nos vamos a la cama. Algunas veces vamos a la ciudad o a un concierto. Algunas veces vamos a una pelea o a ver una película y luego vamosal Floridita. En el invierno podemos ir al jai alai.


A Mary le gusta la jardinería y tiene un huerto de rosas. Perdí cinco años de mi vida durante la guerra y ahora estoy tratando de recuperarlos. Yo no puedo trabajar y vivir en Nueva York porque nunca aprendí a hacerlo… Pero este otoño cuando salga El viejo y el mar tú verás parte del resultado del trabajo de los últimos cinco años.

Tomado de Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba, 1984.

Publicado en noviembre de 2006
Islas en el golfo

La segunda novela de Hemingway que se inspira en escenarios cubanos es Islas en el golfo. Hemingway inició su borrador en 1945. Sin embargo, nunca la terminó. El escritor norteamericano le había dado el nombre de The Sea Book. Después de su muerte su esposa Mary Welsh y los editores de Scribner's decidiron publicar el texto con el nombre de Islands in the Stream. El libro se desarrolla en dos esenarios básicos: islas Bimini y en La Habana. En este último se describen minuciosamente dos de los puntos claves de la vida de Hemingway en Cuba: el Floridita (un bar famoso por las visitas del escritor) y Finca Vigía (su casa en territorio cubano).

En esta segunda obra ambientada en Cuba, Hemingway explora más los sitios que frecuentaba y el por qué de su estancia en la isla. Islas en el Golfo es su obra más autobiográfica, por eso no sorprende cuando se afirma que para Thomas Hudson, el protagonista "La casa era a la vez una casa y un barco para él".

A su vez, se describe el entorno, que quedó grabado en la memoria del escritor. En estas narraciones implícitamente se demuestra la fascinación del norteamericano por ese ambiente, tan ajeno y distante del caótico Estados Unidos, y de alguna forma demuestra el porqué de la estadía del escritor allí:

A Thomas Hudson le agradaba ver cómo volaban los mirlos por encima de los montes y ver cómo salían los primeros murciélagos al anochecer y a las pequeñas lechuzas emprendiendo su excursión nocturna, cuando el sol se hundía por el mar, más allá de La Habana y sobre las colinas empezaban a encenderse las luces

Por otro lado, el escritor describe el daiquirí, la bebida a base de ron cubano que quedó inmortalizada en la obra y que hizo famoso al bar Floridita que el escritor frecuentaba. De hecho, hoy en día existe la bebida "Daiquirí especial" (también denominada "Papa Doble") invento de Hemingway en una de sus visitas al bar. Dicha bebida se caracteriza por la doble ración de ron al daiquirí, así como por no tener azúcar:

Había bebido dos daiquiris dobles muy helados, de aquellos grandiosos daiquiris que preparaba Constant que no sabían a alcohol y daban la misma sensación al beberlos que la que produce esquiar esquiar ladera abajo por un glaciar cubierto de nieve en polvo y luego, cuando ya se han tomado seis u ocho, la sensación de haber esquiado por un glaciar cuando se corre ya sin cuerda. Algunos oficiales de marina que conocía entraron también y bebió con ellos y bebió con algunos de los entonces llamados Marina Colligan, o sea los guardacostas. Y así, porque se estaba aproximando demasiado a algo de lo que trataba de huir, acabó en el extremo del bar con las putas respetables, las magníficas putas viejas con las que habían dormido todos los clientes asiduos de La Floridita en los últimos veinte años y se sentó en un taburete con ellas, comió un bocadillo y bebió daiquiris dobles.

Además, el escritor nortemaricano en el libro Islas en el Golfo hace una hermosa analogía entre dos de sus fascinaciones por Cuba, el daiquirí y el mar:

Thomas Hudson estaba bebiendo otro daiquiri helado sin azúcar y al levantar el vaso para llevárselo a la boca, bajo el hielo que cubría la parte superior, se quedó mirando el líquido. Le recordaba el mar. La parte frappé se le antojó la estela que va dejando un barco y la parte de abajo, más clara, la comparó al mar tal como queda después de ser cortado por la proa, navegando en aguas poco profundas por una superficie con fondo de arena. Era casi el color exacto.

A su vez, Hemingway narra de manera tangencial el escenario desolador que se veía en Cuba. Cuando relata la conversación entre Thomas Hudson y su chofer:

—Arroz— dijo el chofer—. Ha llegado un cargamento de arroz.
— ¿Es muy difícil de conseguir?
—Es imposible. Está por las nubes.
— ¿Comes mal ahora?
—Muy mal.
— ¿Por qué? Tú comes en casa y yo pago lo necesario, no importa lo caro que esté todo.
—Me refería a cuando como en mi casa.
— ¿Y cuándo comes en tu casa?
—Los domingos.
—Tendré que comprarte un perro —dijo Thomas Hudson.—Tenemos uno —dijo el chofer—. Un perro precioso y muy inteligente. Me quiere más que a nada en el mundo. No puedo dar un paso sin que me siga. Pero, señor Hudson, usted no puede saber ni comprender lo que esta guerra está haciendo sufrir al pueblo de Cuba. Usted no puede comprenderlo porque tiene de todo.

Y claro, no puede faltar la narración del mar:

De modo que es así como cumples tu decisión de no pensar en nada hasta marcharme otra vez —se dijo—. No era el mar lo que querías olvidar. Sabes que amas el mar y que no quisieras estar en otro sitio. Sal al porche y contémplalo. No es cruel ni sensible ni ninguna de esas tonterías. El mar se limita a estar y el viento lo mueve y la corriente lo mueve y luchan entre sí en la superficie. Pero allá abajo nada de eso importa. Agradece que vas a volver al mar y que el mar sea tu hogar. Porque es tu hogar, no tu problema. Empiezas a ser más sensato. Aunque no lo eres tanto como cuando estás en tierra. Está bien, tengo que ser razonable, ya que cuando estás en tierra sólo piensas en perder la sensatez.

Fragmentos tomados de Islas a la deriva de Ernest Hemingway, Bogotá, Editorial Seix Barral, Oveja Negra, 1985.

Publicado en noviembre de 2006

Crónicas sobre Cuba (continuación)

En abril de 1936, también para la revista Esquire, Hemingway publicó otra de sus crónicas sobre Cuba. Esta vez decidió hablar sobre lo que es la pezca y de alguna forma trató de explicar si fascinación por la misma. Además, escribió por vez primera el relato que posteriormente inspiraría a su obra más elogiada, también ambientada en Cuba, El viejo y el mar:

En las aguas azules
Crónica sobre la corriente del Golfo

(…) —No digas tonterías. Te digo con toda sinceridad que no veo qué emoción pueda causar la pesca.

—Atiende: hay un pescador de elefantes que salió con nosotros a pescar toda la temporada anterior y está verdaderamente encantado de ello; de no ser así, no se habría dedicado más a la pesca.
—En efecto —convino mi amigo—; debe de tener algo emotivo,
aunque yo no lo veo. Dime: ¿qué es lo que te emociona?
—Intentaré escribirlo oportuname
nte en una obra— contesté.
—Quisiera que lo hicieses ahora. Porque vosotros tenéis sensibilidad para otras cosas que no son la caza del elefante; quiero decir que sois sensibles con moderación.
—Lo describiré.

La corriente del Golfo y otras corrientes del océano son el único paraje solitario que existe. En cuanto se está alejado de la costa o de otras embarcaciones, se encuentra uno más solitario que si estuviese de caza, y el mar sigue siendo el mismo que cuando aún no era surcado por embarcaciones. En el transcurso de una temporada de pesca se le puede ver quieto cual una balsa de aceite, como los galeotes lo vieran encalmado mientras iban a la deriva hacia Occidente; cubierto de cabrillas cuando navegaban a favor de los alisios, y convertido en altas y azules colinas, cuyas cimas se separan cual la nieve arrastrada por el viento de la cresta de un monte, de suerte que se ven a veces tres y el pez se intenta pescar saltando en la cresta de la más alejada. Si se pretende virar para dirigirse a ella sin elegir el momento oportuno, una de esas crestas lanzará rugiendo unas mil toneladas de agua sobre uno y no podrá cazar más elefantes, mi buen amigo Richard.

El pez no es peligroso, por grande que sea. Pero quienquiera
que salga a la mar en una frágil embarcación todo el año, no necesita buscar el peligro; puede estar seguro de verse envuelto en él todo el tiempo y eludirlo cuanto le es posible.

Por esa razón, la corriente del Golfo es un paraje que está por explorar; sólo se pesca en sus orillas y tiene una docena de sitios de miles de millas donde se desconocen el tamaño, la edad y la especie de peces y animales marinos que habitan sus distintas profundidades. Cuando se navega a merced de las olas por alta mar, con cuatro anzuelos calados a sesenta, ochenta y ciento cincuenta brazas de profundidad respectivamente, en un paraje donde ésta alcanza unas setecientas brazas, nunca se sabe qué animal morderá el pequeño atún empleado como cebo; el sedal empieza a desarrollarse lentamente y va acelerándose, hasta que el trinquete cruje y la caña se comba formando una parábola, se experimenta la enorme resistencia del rozamiento del sedal precipitándose al fondo, se va tanteando y dando carrete una y otra vez y se procura apartar la barriga del extremo de la caña antes que el pez empiece a pegar saltos, todo lo cual no necesita del peligro para causar emoción. Puede ser un pez emperador que salte alto y a la derecha del pescador, y se aleje haciendo cabriolas y lanzando salpicaduras, cual una gasolinera rápida en un lago grande, al paso que se vigila la porción de cuerda que aún queda en el carretel y se dan voces para que la embarcación vire con objeto de seguirlo, o quizá un pez espada común que sale a la superficie meneando su alargada mandíbula superior o acaso uno que nada sin salir del agua al noroeste, cual un submarino sumergido, y al término de cinco horas, el pescador se queda en el anzuelo vacío. Navegar a merced de las olas con un pez cogido en el anzuelo es siempre una sensación emotiva.

En la caza del elefante se sabe de antemano lo que se puede cazar. Por lo contrario, nadie puede prever qué se pescará a ciento cincuenta brazas de profundidad navegando a la bolina de la corriente del Golfo. Probablemente hay peces espada tan grandes que los capturados hasta ahora son pigmeos comparados con ellos, y siempre que el pez muerde el cebo se experimenta la sensación de estar ligado a él.

(…)


En cierta ocasión, un anciano pescador, estando dedicado a la pesca en un pequeño bote a la altura de Cabañas, capturó un enorme pez emperador, que, cogido al volantín, arrastró el bote mar adentro. Transcurrido un par de días, unos pescadores recogieron al anciano a unas setenta millas, a levante de dicha población; la cabeza y parte delantera del animal estaban sujetas al costado de la embarcación; lo que quedaba de él, menos de la mitad, dio un peso de ochocientas libras. El hombre estuvo ocupado en su captura dos días con sus correspondientes noches debido a que el pez nadaba a bastante profundidad y arrastraba a
l bote. Así que hubo salido a la superficie, el anciano paró la embarcación, lo arponeó y lo sujetó al costado de ella; pero como los tiburones empezaron a devorarlo, cogió un remo y emprendió a golpes con ellos, hasta que se quedó sin fuerzas y aquellos animales se comieron todo lo que estuvo a su alcance. Cuando los pescadores lo hallaron estaba tendido y gemía medio quebrantado por la pérdida de tan preciada captura, y los selacios nadaban sin cesar en torno del bote.



Pero ¿qué estimula a capturarlos desde una embarcación pequeña? Que son animales impetuosos y extraordinarios, tienen una velocidad, fuerza y belleza increíbles en el agua y su manera de saltar es indescriptible; algo que sólo se puede presenciar estando dedicado a la pesca de ellos; de pronto, se encuentra uno sujeto a ellos de suerte que se percibe su velocidad, resistencia y fuerza enormes como si se cabalgase en un potro. En el transcurso de una a cinco horas se hallan el pescador y el pez ligados uno al otro; aquél lo doma como a un potro salvaje y finalmente lo iza a bordo. Por satisfacción, y porque es una mercancía valiosa en el mercado de La Habana, se le arrastra al costado de la embarcación, arponea y sube en ella. Mas lo emotivo es haberle vencido y no capturado.

Fragmento tomado de Obras selectas de Ernest Hemingway, Barcelona, Planeta, 1969. Pg 1356-1360.

Publicado en noviembre de 2006

Tener y no tener

En el año 1937 Hemingway publicó su primera novela ambientada en Cuba: Tener y no tener. En 1933, mientras esperaba en la Bahía de La Habana el buque que lo llevaría a Europa y de allí a África fue testigo de una masacre. Basado en este hecho, inició la narración de la novela, en la que describe una visión de la Cuba antes de la revolución. Tener y no tener en el fondo, es su primera visión de lo que es el entorno y la esencia cubana. Una forma de ver la isla de manera objetiva, sin adentrarse demasiado.

Hemingway decidió iniciar su primera narración de una novela ambientada en Cuba, con un amanecer, un mendigo sediento y el ruido del trasiego inicial de los bares del puerto:

¿Saben ustedes cómo es La Habana a primera hora de la mañana, cuando los vagabundos duermen todavía contra las paredes de las casas y ni siquiera pasan los carros que llevan hielo a los bares? Bueno, pues, veníamos del puerto y cruzamos la plaza para tomar café, en el Café de la Perla de San Francisco. En la plaza no estaba despierto más que un mendigo que bebía agua en la fuente (…)

Además, ya se empiezan a dar las primeras reflexiones en torno al mar, tema que será fundamental en las descripciones de Hemingway sobre el entorno cubano:

La corriente había penetrado mucho y cuando nos acercamos al borde vimos que tenía un color morado y formaba remolinos regulares. Soplaba una leve brisa del Este y levantamos muchos peces voladores, de esos grandes de alas negras que cuando emprenden el vuelo parecen la imagen de Lindsbergh cruzando el Atlántico.

No hay mejor señal que los grandes peces voladores. Hasta donde alcanzaba la vista había manchones de las descoloridas algas del golfo que indican que la corriente principal ha penetrado mucho. Unas aves se afanaban sobre un barco de pequeños atunes a los cuales se les veía saltar.

La novela se ambienta en el entorno entre la isla de Cuba y una isla norteamericana denominada Key West, pero que para los cubanos se llama Cayo Hueso. Hemingway en la obra describió de manera detallada el ambiente de las islas, sus relaciones y sobretodo sus paisajes:

No se veían más que los smacks que se dirigían a puerto y, a lo lejos, la cúpula del Capitolio que se destacaba muy blanca al borde del mar. En la corriente flotaban bastantes algas sobre las que volaban unas cuantas aves, no muchas. Estuve un rato sentado sobre la cabina de mando y contemplé el mar, pero los únicos peces que vi fueron esos pardos que merodean alrededor de los montones de algas. No le dejen ustedes a nadie decir que no hay agua abundante entre La Habana y Cayo Hueso.

(...) Estábamos a una milla más o menos y en la oscuridad. Con la puesta del sol se había avivado la corriente, y yo noté que iba entrando. Al oeste veía el faro del Morro y el resplandor de La Habana. Las luces que teníamos en frente eran Rincón y Baracoa. Remonté la corriente hasta pasar Bacuranao y acercarnos a Cojimar. Allí dejé la canoa a la deriva. La oscuridad era grande, pero yo sabía donde estábamos. No habíamos encendido las luces.

A su vez, en Tener y no tener ya se empiezan a dar las primeras reflexiones en torno al gobierno de Machado y la revolución. Dicertaciones todas ellas, filtradas por la mente de Harry Morgan, uno de los personajes hemingweyianos más contradictorios:

—Hoy no se gana gran cosa en ninguna clase de riesgos. Mírame a mí. Durante la temporada ganaba treinta y cinco dólares diarios por llevar gente a pescar. Después, por un contrabando que apenas valía lo que mi canoa me pegaron un tiro y perdí un brazo. Pero te diré que ni a mis hijos les van a doler las tripas ni yo voy a clavar alcantarillas para el gobierno por menos que para darles de comer. De todos modos, ya no puedo cavar. No sé quién hizo las leyes, pero sé que no hay ley que diga que uno tiene que pasar hambre.

Así como también enuncia:

Hay tipos que serían capaces de morirse de hambre antes que robar. En este pueblo hay muchos a quienes la barriga les da gritos, pero no son capaces de dar un paso. Se dejan morir poquito a poco. Algunos empezaron a morirse de hambre al nacer.

Tal vez, una de las escenas más impactantes del libro es la siguiente:

—Somos el único partido verdaderamente revolucionario. Queremos acabar con los viejos políticos, con el imperialismo norteamericano que nos estrangula y con la tiranía del ejército. Queremos empezar de nuevo y brindar oportunidad a todos. Queremos poner fin a la esclavitud de los guajiros, de los campesinos, y dividir las grandes fincas azucareras entre quienes las trabajan. Pero no somos comunistas.
Harry dejó de mirar a la brújula para mirar al cubanito:
—¿Y cómo va la cosa?
—Ahora estamos reuniendo dinero. Para reunirlo tenemos que recurrir a procedimientos que después no usaríamos. También tenemos que utilizar gente que después no utilizaríamos. Pero el fin vale los medios. Antes de la revolución rusa, Stalin fue durante muchos años una especie de bandolero.
“Es un extremista”, pensó Harry. “Es un extremista.”
—Si van ustedes a ayudar al trabajador, el programa debe ser bueno —replicó—. Yo he ido a la huelga muchas veces en los tiempos en que en Cayo Hueso había fábrica de tabaco. De saber a qué se dedicaban ustedes, me habría alegrado de hacer lo posible.
—Mucha gente estaría dispuesta a ayudarnos—dijo el cubanito—. Pero en el estado en que está ahora el movimiento no podemos tener confianza. Yo lamento mucho tener que atravesar esta fase. Me disgustan mucho los procedimientos de juntar dinero. Pero no hay otra alternativa. Usted no sabe lo mal que están las cosas en Cuba.
—Deben de estar bastante mal— comentó Harry.
—No lo sabe usted. Hay una tiranía verdaderamente criminal que llega hasta la última aldea del país. No pueden caminar en las calles tres personas juntas. Cuba no tiene enemigos extranjeros ni necesita un ejército, pero tiene uno de veinticinco mil hombres y todos ellos, de cabos para arriba, le chupan la sangre a la nación. Nadie, ni siquiera los soldados, piensa más que en hacerse rico. Hay también unas reservas en las que han entrado todos los sinvergüenzas, matones y delatores de los tiempos de Machado. En ellas pueden entrar todos los que el ejército desecha. Antes nos gobernaban los clubs. Ahora nos gobiernan los rifles, las pistolas, las ametralladoras y las bayonetas.
—No me parece muy agradable— replicó Harry manejando el volante y siguiendo el mismo rumbo al Este.
—No te puedes imaginar. Quiero a mi pobre país y haría cualquier cosa, cualquier cosa, por librarlo de la tiranía que tenemos. Hago cosas que detesto, pero haría cosas que detesto mil veces más. “Tengo que tomar un trago —pensó Harry—. ¿Qué m… me importa a mí su revolución? Que le… a su revolución. Para ayudar a los trabajadores asaltan un Banco, muere uno de los suyos y después matan al pobre Albert que nunca hizo daño a nadie. ¿No era Albert un trabajador? Éste no piensa en eso. Y tenía familia. Cuba está gobernada por cubanos. Todos se traicionan unos a otros. Se venden mutuamente. Se merecen lo que les pasa. Que se vayan a la m… sus revoluciones. Lo que tengo que hacer yo es sostener a mi familia, y no puedo. Y me viene hablando a mí de sus revoluciones. Que se vaya a la m…”

Sin embargo, ese mismo hombre que critica la revolución, al final de la obra, a punto de morir, afirma:

Un hombre —dijo Harry Morgan mirándoles a los dos—. Un hombre solo no puede. Ningún hombre solo. Un hombre solo, haga lo que haga, no pude conseguir nada— terminó después de un rato de silencio.

Cerró los ojos. Había tardado mucho en decirlo, y toda la vida en aprenderlo. Se quedó callado con los ojos abiertos otra vez.




Escena de la película Tener y no tener dirigida por Howard Hawks. El guión ayudó a escribirlo William Faulkner

Publicado en noviembre de 2006

Crónicas sobre Cuba (continuación)

Al año siguiente de la publicación de La pesca del pez espada a la altura del Morro, Hemingway publicó en la revista Esquire una crónica en la cual habla sobre la Corriente del Golfo, su obsesión por el pez espada y y su pesca:

En la corriente del Golfo
Crónica de Cuba

El reflejo del sol en el agua dificulta la pesca del pez espada en la costa septentrional de Cuba durante los meses de julio y agosto. En esta época, hace más fresco en La Habana que en la mayor parte de las ciudades septentrionales, porque el viento del nordeste se levanta sobre las diez de la mañana y continúa soplando hasta las cuatro o las cinco del día siguiente; es fresco, apacible y se iguala con la brisa del mar. Por la mañana, el sol recuerda que se puede eludir haciendo rumbo a levante, a favor de la corriente, y pescando con la proa dirigida a él; por la tarde, se regresa, contra la corriente y con el sol en las espaldas, pescando a la cacea. Pero, a veces, se halla la pesca en el corto espacio entre La Habana y Cojimar; cuando sucede así, no se puede hacer otra cosa que maniobrar adelante y atrás, con el sol dando en el rostro y en las espaldas y sufriendo el reflejo de sus rayos en los ojos; sin embargo, no creo que esto sea perjudicial para la vista si se usan gafas con cristales Crookes. Pues estuve mejor de ella a los cien días de haber navegado por la corriente del Golfo que al comienzo de hacerlo. Pero al atardecer el sol se inclina totalmente sobre la superficie líquida, de suerte que parece plomo fundido; se refleja en la parte inferior de la larga visera del gorro usado para la faena de la pesca del pez espada, y tuesta las narices hasta que se ponen coloradas e hinchadas como si fueran una planta tropical rara y carente de atractivo. En una palabra, se asemejan al narigón de J. P Morgan el Viejo.

Mientras se está dedicado a la faena de la pesca en la corriente del Golfo, se pueden frotar las narices con un poco de aceite de coco con la mano izquierda, sostener el voluminoso carretel del sedal con la derecha y vigilar los movimientos de la carnada y los de los demonios que se sumergen, vuelven a salir y zigzaguean tras la estela que deja la embarcación; además, se tiene tiempo para especular sobre cosas más bajas o elevadas. Todo esto está muy bien, dirán; pero ¿por qué navegan con dirección al sol? ¿Es que no pueden navegar de norte a sur en lugar de hacerlo de levante a poniente?

Esto sería lo mejor; mas la brisa, si no es del nordeste, sopla contra la corriente y causa un oleaje que impide meterse en el seno de las olas y obliga a navegar contra corriente o a favor de ella.

Desde luego, no se puede formular esta pregunta ni mucho menos. Porque podría causarles molestia esperar que empiece la acción o se de principio a la plática en este asunto. Caballeros, quisiera poder complacerlos; mas esto es una de esas pláticas informativas; una de esas composiciones contemplativas como solía Isaac Walton escribir. Apuesto a que ustedes tampoco lo han leído. Conocen el clasicismo, ¿no es cierto? Es un libro del que todos hablan y nadie lee, aunque en ello se pierden el encanto, la singularidad y el valor literario de Walton. ¿Se lo pierden intencionadamente? ¡Oh, lector, gracias! Gracias, repito, que eso es una gran dicha para ti.

Felizmente tenemos un pescador, como Walton lo describe, sentado en un asiento que, con el calor, le da el poco atractivo aspecto de la llamada asentada del pescador, con la diferencia de que éste sostiene una botella de cerveza Hatuey fresca en la mano; procura palparse de paso su monumental narigón, y contempla el oleaje. El bote navega con dirección al sol, por lo que el pescador puede ver si un pez se acerca; si una aleta corta la estela en sentido a la carnada, y si la enorme y amenazadora hoz de una cola va de paso o sigue a la embarcación; puede también ver el cuerpo del pez debajo del agua con sus aletas pectorales azules, grandes y extendidas como si fueran las alas de una gigantesca ave submarina. Las rayas que circundan su cuerpo semejantes a purpúreos aros de un negruzco barril, el inesperado borbollón del impulso ascendente del hocico, la boca abierta fuera del agua, la mordedura en la orilla de cebo, y la sumersión de éste. A veces, si el pez nada a bastante profundidad siguiendo al bote, parece que la caña se afloja, y el pescador no puede subirla para asegurarse de si lo ha capturado. Pues luego de haber mordido el anzuelo da vueltas como si estuviese rastreando y atornillándose; la caña se endereza y abre el agua, y el rastreo se desatornilla y se aleja partiendo la superficie líquida cual una gasolinera rápida y dando prolongados, suspendidos, rítmicos y estrepitosos saltos de más de tres pies de distancia.

Ver eso, experimentar la enorme fuerza e ímpetu de este pez en el arte de pescar, formar parte de ella, dominarla, vencerla y hacer que el animal muerda el anzuelo, manejando sin ayuda de nadie la caña, el carretel o el sedal, supone tenerse que pasar varios días aguantando el sol y otras cosas más; y, como he dicho, mientras se pasan esos días hay mucho tiempo para pensar. Mucho de lo que se crea en la imaginación no puede expresarse en las páginas de una revista editada en papel cuché ni en la correspondencia. Gran parte de ello se puede conservar como material literario y lo restante carece de significación para uno si la mayor parte del tiempo está pensando en la pesca.

Fragmento tomado de Obras selectas de Ernes Hemingway, v2. Barcelona, Planeta, 1969. Pg 1294-1296

Publicado originalmente el 9 de noviembre de 2006

Crónicas sobre Cuba

Ernest Hemingway, uno de los más importantes escritores de literatura norteamericana contemporánea, decidió convertir a la isla de Cuba en su hogar. Desde 1928 comenzó a pescar en las costas de la isla. Por el año treinta y tres escogió el hotel Ambos Mundos para hospedarse en Cuba. Allí escribió gran parte de su obra.

Finalmente compró Finca Vigía, en pleno territorio cubano. Toda su estadía en la isla se ve reflejada en gran parte de su obra. Además de las tres novelas que se ambientan en Cuba (Tener y no tener, Islas en el Golfo y El viejo y el mar) Hemingway escribió varias crónicas que describen el entorno cubano y su fascinación por el mismo. La primera de ellas fue escrita en 1933 y publicada en la publicación periódica Esquire:


La pesca del pez espada a la altura del Morro

Las habitaciones de la esquina nordeste del hotel Ambos Mundos de La Habana dan a la antigua catedral, la entrada del puerto y el mar por el norte, y por levante a la Península de Casablanca y los tejados de las casas que se extienden hasta el puerto y en todo lo ancho de él. Si duerme uno con los pies dirigidos a levante, aun cuando eso es contrario al dogma de ciertas religiones, el sol entra por la ventana abierta, le da en la cara y lo despierta, independientemente de donde haya estado durante la noche; si no le apetece levantarse, se puede mudar de posición en la cama o volverse a un lado. Aunque servirá de poco porque el sol va calentando cada vez más. La única solución es levantarse y cerrar la persiana.

Al ir a cerrarla, se ve más allá del puerto que la bandera de la fortaleza ondea en dirección al observador. Luego, se mira por la que da al norte y más allá del Morro se ve que la mar empieza a formar rizos; eso indica que los alisios están levantándose t
emprano. Tras de haberse duchado, se pone uno un viejo pantalón Caqui, una camisa y los mocasines secos, y pone otro par de ellos en la ventana al objeto de que estén secos por la noche siguiente. Después, se dirige al ascensor; baja al vestíbulo; allí coge el periódico; sale a la calle, y dobla a la esquina para tomar el desayuno en el café.

Uno puede desayunarse de dos maneras. Sabiendo que no se sale a pescar hasta dentro de dos o tres horas, un buen desayuno sería lo más apropiado. Quizá lo sea; pero como no quiero creerlo, tomo un vaso de agua de Vichy, otro de leche fría y una rebanada de pan cubano; leo el periódico y me dirijo a la embarcación.

En la popa hay una nevera que ocupa todo lo ancho de ella y tiene dos compartimientos; en uno conservamos el cebo, y en el otro la cerveza y la fruta. La caballa de unas tres libras de peso y a cero grados de temperatura es el mejor cebo para el pez espada; la mejor cerveza es la Hatuey, y la mejor fruta del tiempo son los mangos, ananaes y aguacates. Generalmente almorzamos aguacates que abrimos por la mitad y sazonamos con sal, pimienta y jugo de lima fresca. Los dí
as en que no hay pesca, y estamos fondeados en la costa, nadamos y preparamos almuerzo caliente, solemos añadir un poco de mostaza. Por quince centavos se pueden comprar aguacates para dar de comer a quince personas.

La embarcación Anita tiene treinta y cuatro pies de l
ongitud, es muy manejable y veloz para esta clase de pesca. Su propietario y capitán es Joe Russell, residente en Cayo Hueso, adonde llevó de Cuba el mayor cargamento de licores que se ha conocido, y conoce la pesca del pez espada mejor que los de Cayo Huso conocen la de los hemúlidos. El otro hombre de a bordo se llama Carlos Gutiérrez y vive en el número 31 de la Calle Zapata, de La Habana; tiene cincuenta y cuatro años, y es el mejor pescador de pez espada en toda Cuba. En invierno está de patrón en una lancha pesquera, y en verano se dedica a la pesca del pez espada para el mercado. Lo conocí en Tres Tortugas hace seis años, cuando oí decir que él había capturado la pieza más grande que se había conocido hasta entonces. Tiene habilidad para arponear a un delfín, sosteniendo esta arma detrás de las espaldas y arrojándola por encima de su cabeza, y desde los once años, cuando salió con su padre a pescar por primera vez, conoce las costumbres del pez espada.

Al zarpar del muelle de San Francisco, los tarpones nadan cerca del dique, a la salida del puerto se ven muchos más nadar en torno a las embarcaciones para conservar viva la pesca que boyan a lo largo de las lanchas pesqueras. A la entrada del puerto, ya fuera del Morro, hay un banco de corales a veinte brazas de profundidad y se ven muchas embarcaciones de poco calado dedicadas a la pesca del zoarce, de la caballa con anzuelo emplomado, del pargo criollo y, en ocasiones, del roncón. Más allá la brisa refresca y se ven esparcidas las embarcaciones dedicadas a la pesca del pez espada hasta donde alcanza la vista. Pescan con cuatro o seis pesados volantines que calan a cuarenta o setenta brazas de profundidad, donde suele vivir esta especie de pez. Pescamos caceando unos que estaban comiendo o nadando a quince o veinte brazas de profundidad; vieron las dos grandes carnadas y subieron de un tirón hacia ellas y sacaron como de costumbre la cabeza y el lomo fuera del agua.

El pez espada nada de levante a poniente, o sea contra la corriente del Golfo. No se ha visto ninguno que nadase en dirección contraria a pesar de que esta corriente no es estable: unas veces, antes de haber luna nueva, es muy lenta, y otras tiende mucho a poniente. Pero el viento sopla mayormente del nordeste; al levantarse, le pez espada sube a la superficie y corre con él cortando las olas a medida que las origina con su ola de color azul brillante en forma de guadaña, y vuelve a sumergirse. El grande parece un tronco de color amarillo cuando nada velozmente con sus grandes aletas pectorales y la dorsal recogidas a dos o tres pies bajo la superficie del agua; sólo mantiene recta e inmóvil la erecta y afilada curva de la cola.

Al anochecer, el banco principal nada de una a cuatro millas de la costa formando remolinos hacia levante como si fuera una caravana de automóviles rondando por la autopista. Hay tal abundancia de ellos, que mientras se está capturando uno se ven pasar cinco o seis por el costado de la embarcación. (...)

Fragmento tomado de Obras Selectas de Ernest Hemingway V2, Barcelona, Planeta, 1969. Pg 1261-1263

Publicado originalmente en noviembre de 2006
"Esta isla es un paraíso"

En marzo de 1930 uno de los mejores poetas españoles, si no el mejor, estuvo de visita en Cuba. Su estancia puede resumirse en la frase que él mismo afirmó "Esta isla es un paraíso". Los cubanos quedaron encantados con su presencia, y el poeta con el territorio y aire cubano. En este viaje García Lorca culminó su libro Un poeta en Nueva York con un poema que expresa su simpatía por la isla-salmón:

Son de negros en Cuba

Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.

Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña,
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.
Siempre dije que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañavera!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.

Federico García Lorca

Para más información le recomiendo hacer click AQUÍ.

Publicado originalmente el 10 de octubre de 2006
Operación Carlota

Otro de los textos de García Márquez sobre Cuba, es el denominado OPERACIÓN CARLOTA (Sobre CUBA y ANGOLA,) en el que se relata cómo Cuba ayudó a la independencia de Angola.

Tal vez, las palabras más importantes de este textos son aquellas en las que se habla sobre cómo los cubanos realmente deseaban ayudar a Angola para lograr su independencia, hasta el punto de que hacían todo lo posible por viajar al país africano y luchar en honor de la igualdad:



"(...) Hasta donde lo permitió la urgencia de la situación, el criterio selectivo fue bastante estricto. No sólo se tomaron en cuenta la calificación militar y las condiciones físicas y morales, sino también los antecedentes de trabajo y la formación política. A pesar de ese rigor, son incontables los casos de voluntarios que lograron burlar los filtros de selección. Se sabe de un ingeniero calificado que se hizo pasar por chofer de camión, de un alto funcionario que logró pasar como mecánico, de una mujer que estuvo a punto de ser admitida como soldado raso. Se sabe de un muchacho que se fue sin permiso de su padre, y que más tarde se encontró con él en Angola, porque también su padre se había ido a escondidas de la familia. En cambio, un sargento de 20 años no consiguió que lo mandaran por ningún medio, y sin embargo tuvo que soportar con el machismo herido, que mandaran a su madre, que es periodista, y a su novia, que es médico. Algunos delincuentes comunes, desde la cárcel,pidieron ser admitidos, pero ninguno de esos casos fue contemplado".

Así como son sumamente esclarecedoras de lo que es el pueblo cubano, las palabras con que García Márquez da cuenta sobre cómo la victoria de esta lucha enorgullesía a loc cubanos:

(...) Sin embargo, la experiencia más interesante, y rara, era que los repatriados parecían conscientes de haber contribuido acambiar la historia del mundo, pero se comportaban con la naturalidad y la decencia de quienes simplemente habían cumplido con su deber.

En cambio, tal vez ellos mismos no eran conscientes de que en otro nivel, tal vez menos generoso pero también más humano, hasta los cubanos sin demasiadas pasiones se sentían compensados por la vida al cabo de muchos años de reveses injustos. En 1970, cuando falló la zafra de los 10 millones, Fidel Castro pidió al pueblo convertir la derrota en victoria. Pero en realidad, los cubanos estaban haciendo eso desde hacía demasiado tiempo con una conciencia política tenaz y una fortaleza moral a toda prueba. Desde la victoria de Girón, hacía más de15 años, habían tenido que asimilar con los dientes apretados el asesinato del Che Guevara en Bolivia y el del presidente Salvador Allende en medio de la catástrofe de Chile, y habían padecido el exterminio de las guerrillas en América Latina y la noche interminable del bloqueo, y la polilla recóndita e implacable de tantos errores internos del pasado que en algún momento los mantuvieron al borde del desastre. Todo eso, al margen de las victorias irreversibles pero lentas y arduas de la Revolución, debió crear en los cubanos una sensación acumulada de penitencias inmerecidas. Angola les dio por fin la gratificación de la victoria grande que tanto estaban necesitando".

Para ver más del texto puede consultar el siguiente link.

Publicado originalmente el 25 de septiembre de 2006

Gabriel García Márquez y Cuba


Para nadie es un secreto la estrecha relación que existe entre Castro y García Márquez. Una fuerte amistad, así como similitudes políticas los unen desde hace ya varios años. Por eso no es raro que encontremos algunos escritos del Nobel colombiano que nos ayudan a indagar acerca de la isla.

Este mismo año (17 de agosto de 2006) se dio a conocer el texto “El Fidel Castro que yo conozco”. Este escrito nos permite ahondar en aquél que – tal vez- más que nadie, tiene a Cuba en la cabeza.


El Fidel Castro que yo conozco

Su devoción por la palabra. Su poder de seducción. Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la amplitud de sus gustos. Dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo. Le gusta preparar las recetas de cocina con una especie de fervor científico. Se mantiene en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente. Paciencia invencible. Disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistos. Tan importante como aprender a trabajar es aprender a descansar.


Fatigado de conversar, descansa conversando. Escribe bien y le gusta hacerlo. El mayor estímulo de su vida es la emoción al riesgo. La tribuna de improvisador parece ser su medio ecológico perfecto. Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración: el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo. Es el antidogmático por excelencia.


José Martí es su autor de cabecera y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguíneo de una revolución marxista. La esencia de su propio pensamiento podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los individuos.


Esto podría explicar su confianza absoluta en el contacto directo. Tiene un idioma para cada ocasión y un modo distinto de persuasión según los distintos interlocutores. Sabe situarse en el nivel de cada uno y dispone de una información vasta y variada que le permite moverse con facilidad en cualquier medio. Una cosa se sabe con seguridad: esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel Castro está allí para ganar. Su actitud ante la derrota, aun en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece obedecer a una lógica privada: ni siquiera la admite, y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir los términos y convertirla en victoria. Nadie puede ser más obsesivo que él cuando se ha propuesto llegar a fondo a cualquier cosa. No hay un proyecto colosal o milimétrico, en el que no se empeñe con una pasión encarnizada. Y en especial si tiene que enfrentarse a la adversidad. Nunca como entonces parece de mejor talante, de mejor humor. Alguien que cree conocerlo bien le dijo: Las cosas deben andar muy mal, porque usted está rozagante.


Las reiteraciones son uno de sus modos de trabajar. Ej.: El tema de la deuda externa de América Latina, había aparecido por primera vez en sus conversaciones desde hacía unos dos años, y había ido evolucionando, ramificándose, profundizándose. Lo primero que dijo, como una simple conclusión aritmética, era que la deuda era impagable. Después aparecieron los hallazgos escalonados: Las repercusiones de la deuda en la economía de los países, su impacto político y social, su influencia decisiva en las relaciones internacionales, su importancia providencial para una política unitaria de América Latina... hasta lograr una visión totalizadora, la que expuso en una reunión internacional convocada al efecto y que el tiempo se ha encargado de demostrar.


Su más rara virtud de político es esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas...pero esa facultad no la ejerce por iluminación, sino como resultado de un raciocinio arduo y tenaz. Su auxiliar supremo es la memoria y la usa hasta el abuso para sustentar discursos o charlas privadas con raciocinios abrumadores y operaciones aritméticas de una rapidez increíble.


Si quiere cotinuar el texto de García Márquez haga clik AQUÍ

Publicado originalmente el 25 de septiembre de 2006
Presentación

Esa pequeña isla tiene algo inusual: es como el salmón, tan pequeño, tan “insignificante” pero siempre en contra de la corriente. No se deja llevar por las modas, por los prejuicios, sencillamente sigue de manera fiel sus valores y sus ideales todo a favor de la igualdad de oportunidades, de la educación, de la cultura. Ojalá todo el mundo fuera así… Cualquiera hubiera desistido hace mucho tiempo. Pero no hay nada más magnánimo que luchar por una ilusión, por una idea clara y transparente, si no, la vida no tendría sentido…



El presente blog quiere dar cuenta de cómo varios escritores han hablado de esa isla. Es decir, como Cuba ha sido tan sumamente importante en la historia mundial que muchos se han inspirado en ella o se han tomado el tiempo de escribir algo sobre ella. Hemingway, García Márquez, José Martí… han descrito de una u otra forma sobre la isla. Así como muchas personas a lo largo del mundo que han viajado a la isla han visto la necesidad de narrarla. Algo debe tener, para que exista ese deber que sienten muchos de inmortalizarla a través de las palabras. Todos somos concientes de que no sigue los parámetros usuales: va contra la corriente, y ese mismo hecho hace que sea necesario escribirla. Al leer los textos inspirados en ella podemos intentar echar un vistazo a lo que es ese salmón del siglo XX (y parece que XXI).

Publicado originalmente en septiembre 25 de 2006