Al año siguiente de la publicación de La pesca del pez espada a la altura del Morro, Hemingway publicó en la revista Esquire una crónica en la cual habla sobre la Corriente del Golfo, su obsesión por el pez espada y y su pesca:
En la corriente del Golfo
Crónica de Cuba
El reflejo del sol en el agua dificulta la pesca del pez espada en la costa septentrional de Cuba durante los meses de julio y agosto. En esta época, hace más fresco en La Habana que en la mayor parte de las ciudades septentrionales, porque el viento del nordeste se levanta sobre las diez de la mañana y continúa soplando hasta las cuatro o las cinco del día siguiente; es fresco, apacible y se iguala con la brisa del mar. Por la mañana, el sol recuerda que se puede eludir haciendo rumbo a levante, a favor de la corriente, y pescando con la proa dirigida a él; por la tarde, se regresa, contra la corriente y con el sol en las espaldas, pescando a la cacea. Pero, a veces, se halla la pesca en el corto espacio entre La Habana y Cojimar; cuando sucede así, no se puede hacer otra cosa que maniobrar adelante y atrás, con el sol dando en el rostro y en las espaldas y sufriendo el reflejo de sus rayos en los ojos; sin embargo, no creo que esto sea perjudicial para la vista si se usan gafas con cristales Crookes. Pues estuve mejor de ella a los cien días de haber navegado por la corriente del Golfo que al comienzo de hacerlo. Pero al atardecer el sol se inclina totalmente sobre la superficie líquida, de suerte que parece plomo fundido; se refleja en la parte inferior de la larga visera del gorro usado para la faena de la pesca del pez espada, y tuesta las narices hasta que se ponen coloradas e hinchadas como si fueran una planta tropical rara y carente de atractivo. En una palabra, se asemejan al narigón de J. P Morgan el Viejo.
Mientras se está dedicado a la faena de la pesca en la corriente del Golfo, se pueden frotar las narices con un poco de aceite de coco con la mano izquierda, sostener el voluminoso carretel del sedal con la derecha y vigilar los movimientos de la carnada y los de los demonios que se sumergen, vuelven a salir y zigzaguean tras la estela que deja la embarcación; además, se tiene tiempo para especular sobre cosas más bajas o elevadas. Todo esto está muy bien, dirán; pero ¿por qué navegan con dirección al sol? ¿Es que no pueden navegar de norte a sur en lugar de hacerlo de levante a poniente?
Esto sería lo mejor; mas la brisa, si no es del nordeste, sopla contra la corriente y causa un oleaje que impide meterse en el seno de las olas y obliga a navegar contra corriente o a favor de ella.
Desde luego, no se puede formular esta pregunta ni mucho menos. Porque podría causarles molestia esperar que empiece la acción o se de principio a la plática en este asunto. Caballeros, quisiera poder complacerlos; mas esto es una de esas pláticas informativas; una de esas composiciones contemplativas como solía Isaac Walton escribir. Apuesto a que ustedes tampoco lo han leído. Conocen el clasicismo, ¿no es cierto? Es un libro del que todos hablan y nadie lee, aunque en ello se pierden el encanto, la singularidad y el valor literario de Walton. ¿Se lo pierden intencionadamente? ¡Oh, lector, gracias! Gracias, repito, que eso es una gran dicha para ti.
Felizmente tenemos un pescador, como Walton lo describe, sentado en un asiento que, con el calor, le da el poco atractivo aspecto de la llamada asentada del pescador, con la diferencia de que éste sostiene una botella de cerveza Hatuey fresca en la mano; procura palparse de paso su monumental narigón, y contempla el oleaje. El bote navega con dirección al sol, por lo que el pescador puede ver si un pez se acerca; si una aleta corta la estela en sentido a la carnada, y si la enorme y amenazadora hoz de una cola va de paso o sigue a la embarcación; puede también ver el cuerpo del pez debajo del agua con sus aletas pectorales azules, grandes y extendidas como si fueran las alas de una gigantesca ave submarina. Las rayas que circundan su cuerpo semejantes a purpúreos aros de un negruzco barril, el inesperado borbollón del impulso ascendente del hocico, la boca abierta fuera del agua, la mordedura en la orilla de cebo, y la sumersión de éste. A veces, si el pez nada a bastante profundidad siguiendo al bote, parece que la caña se afloja, y el pescador no puede subirla para asegurarse de si lo ha capturado. Pues luego de haber mordido el anzuelo da vueltas como si estuviese rastreando y atornillándose; la caña se endereza y abre el agua, y el rastreo se desatornilla y se aleja partiendo la superficie líquida cual una gasolinera rápida y dando prolongados, suspendidos, rítmicos y estrepitosos saltos de más de tres pies de distancia.
Ver eso, experimentar la enorme fuerza e ímpetu de este pez en el arte de pescar, formar parte de ella, dominarla, vencerla y hacer que el animal muerda el anzuelo, manejando sin ayuda de nadie la caña, el carretel o el sedal, supone tenerse que pasar varios días aguantando el sol y otras cosas más; y, como he dicho, mientras se pasan esos días hay mucho tiempo para pensar. Mucho de lo que se crea en la imaginación no puede expresarse en las páginas de una revista editada en papel cuché ni en la correspondencia. Gran parte de ello se puede conservar como material literario y lo restante carece de significación para uno si la mayor parte del tiempo está pensando en la pesca.
Crónica de Cuba
El reflejo del sol en el agua dificulta la pesca del pez espada en la costa septentrional de Cuba durante los meses de julio y agosto. En esta época, hace más fresco en La Habana que en la mayor parte de las ciudades septentrionales, porque el viento del nordeste se levanta sobre las diez de la mañana y continúa soplando hasta las cuatro o las cinco del día siguiente; es fresco, apacible y se iguala con la brisa del mar. Por la mañana, el sol recuerda que se puede eludir haciendo rumbo a levante, a favor de la corriente, y pescando con la proa dirigida a él; por la tarde, se regresa, contra la corriente y con el sol en las espaldas, pescando a la cacea. Pero, a veces, se halla la pesca en el corto espacio entre La Habana y Cojimar; cuando sucede así, no se puede hacer otra cosa que maniobrar adelante y atrás, con el sol dando en el rostro y en las espaldas y sufriendo el reflejo de sus rayos en los ojos; sin embargo, no creo que esto sea perjudicial para la vista si se usan gafas con cristales Crookes. Pues estuve mejor de ella a los cien días de haber navegado por la corriente del Golfo que al comienzo de hacerlo. Pero al atardecer el sol se inclina totalmente sobre la superficie líquida, de suerte que parece plomo fundido; se refleja en la parte inferior de la larga visera del gorro usado para la faena de la pesca del pez espada, y tuesta las narices hasta que se ponen coloradas e hinchadas como si fueran una planta tropical rara y carente de atractivo. En una palabra, se asemejan al narigón de J. P Morgan el Viejo.Mientras se está dedicado a la faena de la pesca en la corriente del Golfo, se pueden frotar las narices con un poco de aceite de coco con la mano izquierda, sostener el voluminoso carretel del sedal con la derecha y vigilar los movimientos de la carnada y los de los demonios que se sumergen, vuelven a salir y zigzaguean tras la estela que deja la embarcación; además, se tiene tiempo para especular sobre cosas más bajas o elevadas. Todo esto está muy bien, dirán; pero ¿por qué navegan con dirección al sol? ¿Es que no pueden navegar de norte a sur en lugar de hacerlo de levante a poniente?
Esto sería lo mejor; mas la brisa, si no es del nordeste, sopla contra la corriente y causa un oleaje que impide meterse en el seno de las olas y obliga a navegar contra corriente o a favor de ella.
Desde luego, no se puede formular esta pregunta ni mucho menos. Porque podría causarles molestia esperar que empiece la acción o se de principio a la plática en este asunto. Caballeros, quisiera poder complacerlos; mas esto es una de esas pláticas informativas; una de esas composiciones contemplativas como solía Isaac Walton escribir. Apuesto a que ustedes tampoco lo han leído. Conocen el clasicismo, ¿no es cierto? Es un libro del que todos hablan y nadie lee, aunque en ello se pierden el encanto, la singularidad y el valor literario de Walton. ¿Se lo pierden intencionadamente? ¡Oh, lector, gracias! Gracias, repito, que eso es una gran dicha para ti.
Felizmente tenemos un pescador, como Walton lo describe, sentado en un asiento que, con el calor, le da el poco atractivo aspecto de la llamada asentada del pescador, con la diferencia de que éste sostiene una botella de cerveza Hatuey fresca en la mano; procura palparse de paso su monumental narigón, y contempla el oleaje. El bote navega con dirección al sol, por lo que el pescador puede ver si un pez se acerca; si una aleta corta la estela en sentido a la carnada, y si la enorme y amenazadora hoz de una cola va de paso o sigue a la embarcación; puede también ver el cuerpo del pez debajo del agua con sus aletas pectorales azules, grandes y extendidas como si fueran las alas de una gigantesca ave submarina. Las rayas que circundan su cuerpo semejantes a purpúreos aros de un negruzco barril, el inesperado borbollón del impulso ascendente del hocico, la boca abierta fuera del agua, la mordedura en la orilla de cebo, y la sumersión de éste. A veces, si el pez nada a bastante profundidad siguiendo al bote, parece que la caña se afloja, y el pescador no puede subirla para asegurarse de si lo ha capturado. Pues luego de haber mordido el anzuelo da vueltas como si estuviese rastreando y atornillándose; la caña se endereza y abre el agua, y el rastreo se desatornilla y se aleja partiendo la superficie líquida cual una gasolinera rápida y dando prolongados, suspendidos, rítmicos y estrepitosos saltos de más de tres pies de distancia.
Ver eso, experimentar la enorme fuerza e ímpetu de este pez en el arte de pescar, formar parte de ella, dominarla, vencerla y hacer que el animal muerda el anzuelo, manejando sin ayuda de nadie la caña, el carretel o el sedal, supone tenerse que pasar varios días aguantando el sol y otras cosas más; y, como he dicho, mientras se pasan esos días hay mucho tiempo para pensar. Mucho de lo que se crea en la imaginación no puede expresarse en las páginas de una revista editada en papel cuché ni en la correspondencia. Gran parte de ello se puede conservar como material literario y lo restante carece de significación para uno si la mayor parte del tiempo está pensando en la pesca.
Fragmento tomado de Obras selectas de Ernes Hemingway, v2. Barcelona, Planeta, 1969. Pg 1294-1296
Publicado originalmente el 9 de noviembre de 2006
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